Atinadamente la Comisión Nacional de Carreras resolvió, en su sesión de ayer, mantener los efectos de las sanciones que el Cuerpo de Comisarios impuso a los jinetes Pablo Camarena, Juan Phillips y Domingo Jiménez por sus actuaciones negligentes en una carrera efectuada la semana pasada.
La actuación de estos jinetes no hizo más que poner de manifiesto algunas flaquezas de las que adolece la hípica, una de ellas en el plano reglamentario y la otra en términos de los ingresos tan bajos que perciben los profesionales que participan de la actividad.
Hubo quienes teorizaron sobre la posibilidad de que cuando se produzcan casos como estos, lo conveniente es cancelar la carrera y devolver el dinero apostado al público. Realmente no creemos que esa sea la mejor salida.
Lo inteligente, según nuestra óptica, es producir penas lo suficientemente severas que limiten a quienes piensen en defraudar al público, como fue el caso que nos ocupa. No es lógico que se castigue con la misma pena a un jinete que monte de manera desordenada y a otro por tirar un caballo para atrás. O será que, hípicamente hablando, da lo mismo un intento de asesinato que llevar a cabo el acto del asesinato en sí.
En otro enfoque del asunto, sin querer con ello justificar la conducta dolosa de ningún jinete ni preparador, es el referente a la recompensa o premio por ese esfuerzo profesional.
Allí es donde realmente está problema. Y es que la matemática es exacta, infalible.
Si los jinetes pueden obtener “beneficios” mayores apostando y actuando de manera negligente, entonces optarán por lo segundo.
De allí que se debe pensar seriamente, cada vez que se toma la decisión de bajar los premios de las carreras, puesto que eso constituye un estímulo a la bellaquería y la especulación propia de una actividad como lo es la hípica donde cada vez se hace más evidente que no es un juego de azar, ya que hay factores que pueden controlarse para producir X o Y resultado.
En resumidas cuentas, creemos que en el futuro deben imponerse penas más fuertes a los jinetes que incurran en esta mala práctica y garantizar que los premios de las carreras tengan equivalencia con la realidad social y económica de los profesionales que en ellas participan.
De lo contrario no podrán erradicar las especulaciones, especialmente en las carreras de premios bajos, y siempre habrá uno que otro jinete que tenga la osadía suficiente para intentar cruzar la línea que divide a la negligencia con respecto a la honestidad.