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Nervios se apoderan de Nueva York


Hace dos semanas, un avión rumbo a la República Dominicana se estrelló en Queens frente al East River donde linda la sede de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). El accidente interrumpio el discurso del canciller de Turquía ante la Asamblea General y durante una hora los jefes de Estado y cancilleres que asistieron a la reunión presenciaron la hoguera en que murieron 260 personas.
Asimismo los visitantes extranjeros así como millones de neoyorquinos se preguntaban horrorizados "¿Otra vez?" Este es el sordo temor que asedia a la población de Estados Unidos de que se produzca un nuevo atentado, ya sea mediante otro avión convertido en misil o un ataque con armas químicas y biológicas desde los dantescos ataques que demolieron las gigantescas Twin Towers del World Trade Center y parte del Pentágono en Washington, dejando más de 6,000 muertes.
El fatal vuelo de American Airlines a Santo Domingo se debió a fallas mecánicas, dicen los técnicos, pero el grado de angustia que existe en la población puede medirse por la extraña reacción que produjo una catástrofe que causó 260 muertes.
"Menos mal, que fue sólo un accidente", fue la respuesta generalizada del público, como dando un suspiro de alivio. El propio alcalde de Nueva York, Rudolph Giuliani, encabezó las misas para las familias dominicanas que perecieron en el desastre aéreo al igual como lo hizo después del 11 de septiembre.
No obstante, el miedo y la sensación de vulnerabilidad de la población son las manifestaciones de más peso que combaten cada día las autoridades neoyorquinas, pero más que nadie el alcalde que con su gorro de baseball se ha convertido en símbolo de resistencia, cordura y valentía, que permite al gobierno del presidente George W. Bush en Washington un mayor equilibrio en medir que política adoptar en relación a la crisis mundial en curso.
Sabemos que el pánico es parte del cálculo de los terroristas Los alemanes lo usaron muy bien durante el bombardeo de Londres en la Segunda Guerra, el llamado Blitz. Los nazis dejaban caer, junto a las bombas que estallaban de inmediato, otras bombas que caían con su peso formidable, pero no detonaban. Eran bombas de tiempo y generaban enorme incomodidad, porque si la bomba explotaba entraban de inmediato en acción las cuadrillas de salvamento y reconstrucción, pero si la bomba no estallaba, no podía acercarse nadie, hasta que el artefacto era desactivado, y había que aislar la zona, a veces muy grande, y el peligro seguía ahí, acechando y generando ansiedad.
Muchos de los diplomáticos que asistieron a la Asamblea General de la ONU, inclusive la esposa del canciller panameño, José Miguel Alemán, hizo el perigrinaje a la "Zona Cero". El sitio humeante, el boquete dantesco de hierros torcidos, el olor a cadáver y la destruccion tambien sigue atrayendo turistas de todo el país.
Adolfo Aguilar Zinser, el asesor de Seguridad del presidente mexicano, Vicente Fox, comentó a este corresponsal que durante los numerosos viajes que ha realizado a Washington desde el 11 de septiembre para reunirse con sus homólogos en la Casa Blanca y el departamento de Justicia, ha notado "un evidente nerviosismo, apenas tapado por el estoicismo de este país".
"He estado varias veces en Washington desde el 9/11, hemos ido a tomarnos una copa en Georgetown, y te puedo decir que si se respira un ambiente de cierta tensión, pero también hay un ánimo para recuperar la normalidad de la vida," declaro Aguilar.
En tanto, en los teatros, los museos y las salas de concierto, los grandes atractivos turísticos de esta metropolis han redoblado las medidas de seguridad y, al igual que en los aeropuertos, revisan las carteras e inspeccionan los paquetes.
Empecemos con un relato modesto, una escena de la vida en estos días en Washington. Hace poco fui a almorzar con el violinista Pinkhas Zukerman a un pequeño restaurante chino que hace unos meses fue muy recomendado por monseñor Rómulo Emiliani, obispo del Darién.
Zukerman, el actual director musical de la Sinfónica Nacional de Ottowa, Canadá, es un connotado gourmet y estaba de visita como solista en una serie de conciertos el pasado fin de semana con la National Symphony de Washington por lo que lo invité a este sitio. Había mucha gente. Zukerman llevaba su estuche de violín grande, elegante, y lo dejó en una de las sillas vacías de nuestra mesa. Mientras comíamos bocadilllos, trozos calientes de camarón y espinaca hervida, Zukerman dejó el portafolio un momento debajo de la mesa de la comida.
Se acercó entonces el dueño del restaurante que es la cordialidad misma y muy simpático, interrumpió entonces la conversación que sosteníamos y, serio, confidencial, nos dijo: "Hay un estuche abandonado en una de estas sillas". Zukerman, inocentón, le contestó riendo: "Ah, sí, es mío". Y el mesero sugirió aliviado: "Mejor déjelo en el guardarropa".
Esta breve e intrascendente escena exhibe lo que pasa ahora en Washington así como en NuevaYork. Las cosas siguen, se abren exposiciones monumentales, por ejemplo, pero hay tensión. Antes de los sucesos del 11 de septiembre, nadie le habría prestado atención a un estuche abandonado en una silla. Ahora, cualquier cosa mínimamente anómala causa cierta alarma. Porque se espera un golpe, otra salvajada, nadie sabe qué será ni cuándo será, pero todos lo esperamos.
La vida, sin embargo, prosigue. El esplendor de Washington y Nueva York, como se dijo del de la Viena del imperio austrohúngaro, es ahora un "esplendor nervioso".


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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