Nueva York a ras de tierra, la Nueva York que usted no podrá ver cuando la pasee en plan guiri o en las películas de Woody Allen o en series como Sexo en Nueva York o la prodigiosa Mad men. Otro sí, la Gotham que puede ver en los ensayos de Alfonso Armada o en las fotos de Diane Arbus o en las novelas de O. Henry y cuentos de Leonard Michaels, o en las notas de Miles Davis.
Joseph O´Neill utiliza las tribulaciones de un holandés en Nueva York, analista financiero, jugador de críquet, que vive en el hotel Chelsea y uno de cuyos mejores amigos es un negro que se viste de ángel a diario, con alitas incluidas -vayan haciéndose a la idea de con qué tipo de batiburrillo se encontrarán- para retratar un macrocosmos a lo El Bosco, esa Nueva York que incentiva el deseo de las formas más extrañas, como apunta en un párrafo. Del canto del gallo al canto del grillo, O´Neill mezcla el Tour de Francia a su paso por Holanda, con más nacionalidades que en un circo, con camisetas del hombre araña, con el ruido sordo e inacabable de la ciudad, con Google Earth, con la fricción de una dínamo contra el neumático delantero de una bicicleta, enciende, apaga, enciende, apaga..., con la minuciosa enumeración del espíritu del críquet, con las tapas de las alcantarillas saliendo disparadas por el incendio de sus arterias subterráneas desde Long Island al East Village, con un intento de gran novela americana postcolonial, con un poco de Fitzgerald y unas pizcas de Salinger y unas notas de Bellow y aires de Naipaul y algo de Richard Yates y una guinda a lo Cheever y una brizna de Updike. El coctel sabe a limpieza y clasicismo, a tristeza y absurdo, a lo doméstico y lo epifánico.
En Netherland, novela rara donde Nueva York va a comprar el pan mientras Godzilla se pasea por sus avenidas y colosales naves extraterrestres flotan sobre la vertical vacía del WTC con aviesas intenciones. Da igual lo que suceda: los auténticos ‘newyorkers’ jamás miran a las alturas. Pero sí O´Neill, él observa mucho y observa bien tanto en los ‘penthouses’ como en las alcantarillas, tanto a los serafines como a los demontres, retratándolos transversalmente a través de las pequeñas historias y grandes emociones de sus habitantes. Un texto seguro de sí mismo, sensible y con las gotas justas de hilaridad, incluso cuando el protagonista tiene que visitar la Dirección General de Tráfico para renovar su carné en un episodio digno de las más insalubres y tenebrosas burocracias kafkianas. En cuanto se cojan de la mano de Johannus Franciscus Hendrikus van den Broeck, no podrán soltarla y recorrerán con él las calles de Gotham con sus ojos de residente, entre acantilados de torreones, jardines flotantes, abadías sobre el abismo, cornisas, depósitos de agua, y coronándolo todo, como un titán que pastorea a su grey, el Empire, pálido y sublime.