Víctima de un silbato artero y venenoso, el equipo panameño de fútbol no estará hoy domingo disputando a Jamaica la Copa Oro. Nos ganó "El gigante de la Concacaf", dos penales a un gol. Espera, ¿dije ganó? ¿Qué dije, gigante? Parece ironía llamar triunfo a quien recibe de regalo goles sacados del sombrero arbitral; exageración llamar "gigante" a un equipo que ha clasificado por milagros salidos de los silbatos de los árbitros para la final de la, hoy por hoy, más triste y desprestigiada de las Copas. La vimos y la sufrimos, Sancho. ¿Gigante? No, más bien enanitos con ínfulas. Y no me refiero a los jugadores sino a sus fanáticos, entre los que se cuentan algunos comentaristas imposibilitados para ser objetivos y justos. Nada peor que un pobre y melancólico fanático que no tiene nada de lo cual enorgullecerse excepto su equipo de fut. Fanáticos de ordalía, verdaderas trayas, expertos en arrojar botellas a los que opacan a sus ídolos. No tienen gallardía para competir y perder con dignidad. ¿Cómo es posible celebrar una victoria así?
México juega hoy domingo por la Copa Oro. ¿Lo merece? En la primera ronda nada más pudo ganar a un equipo cubano diezmado por desertores; apenas logró un empate sin goles con Guatemala y luego un empató también con Trinidad. Pero debemos señalar que ese empate tiene sus bemoles: Trinidad metió cuatro goles en regla, cuatro goles de verdad; México metió solo tres, Trinidad le regaló un autogol. Así pasó rozando a los cuartos de final. El sainete dirigido por el árbitro en el juego con Costa Rica no hace reír a nadie, nada más a los cínicos. Inventa el árbitro el penal más cariñoso del mundo. Un penal sin roces y sin bravatas, un penal de gran zambullida (Ay, si al menos tuviesen la gracia de sus paisanos clavadistas en los Juegos Panamericanos). Un penal que hasta el DT mexicano reconoce como mal pitado.
Pero esa bribonada, quedó opacada por el árbitro del juego México-Panamá. Para asegurar el triunfo mexicano expulsó rápidamente a un panameño. Como no resultó, volvió a la magia negra del pitazo traicionero y ¡Zas! Aquí tienen, señores, dos penales de regalo. Nuestro Torres (que metió un gol de hombre), debió intercambiar camiseta con el mejor jugador de México, el árbitro.