Atan solo unos cuantos días de culminado el proceso electoral en nuestro país, indudablemente que las expectativas despertadas por el nuevo gobierno que iniciará funciones el próximo primero de julio, son enormes. El civismo demostrado por el pueblo panameño, que acudió el 3 de mayo a ejercer el derecho al sufragio de manera ejemplar, con serenidad, mesura y patriotismo, es digno de elogio. Al igual que el profesionalismo, imparcialidad y eficiencia del Tribunal Electoral que en un acto sin precedentes en nuestra historia política, oficializó el triunfo del candidato vencedor, tan pronto identificó la tendencia en la contabilidad de los votos emitidos, a unas cuantas horas de cerradas las urnas.
Este gesto de los magistrados del Tribunal Electoral fue un factor coyuntural muy importante, con el que a mi juicio se logró evitar la innecesaria exaltación de los ánimos que bien pudo darse, a juzgar por el tono del discurso incendiario de la candidata Herrera, el cual por cierto podría considerarse la única nota discordante de la fase final de este proceso electoral. No cabe duda de que para bien de nuestro país, la época de Yolanda Pulice y de aquel séquito de magistrados corruptos que avalaban el fraude para proteger los intereses del PRD y los militares, quedó atrás.
Ahora bien, esperemos que el mensaje implícito en los resultados de esta histórica votación con un nivel de aceptación por encima de un 60% hacia la propuesta que encabezó Ricardo Martinelli, sea adecuadamente interpretado tanto por ganadores como por los perdedores de esta contienda política.
En primera instancia, celebro que el presidente electo al conocer los resultados de los comicios, no diera muestras de un exceso de triunfalismo ante los medios y en su lugar haya sido él mismo, quien por lo visto, se ha encargado de recordar reiteradamente, su compromiso e interés en dar inicio al cumplimiento de las promesas de campaña que incluyen, como todos sabemos, temas puntuales en el campo de la seguridad, transporte, educación, salud, empleo y justicia. Eso está bien, ya que de ningún modo el contundente triunfo de Martinelli en las urnas, debe equivocadamente ser entendido como el giro de un cheque en blanco por parte del pueblo panameño a favor del nuevo gobierno, a fin de que siga haciendo flores de la Habana, como ha sido el caso desafortunado, de al menos los últimos tres períodos gubernamentales.
Me preocupa, sin embargo, el escuchar de boca del mandatario recién electo ante el asedio de los periodistas, sus primeros anuncios intempestivos sobre los posibles miembros de su gabinete y más todavía que se le haya ocurrido sobre la marcha, la peregrina idea de que Lucy Molinar pudiera ser Ministra de Educación de su gabinete. ¡Válgame Dios! Por favor, señor Presidente, no se tome tan a pecho el renunciar a la cordura. Ciertamente los panameños lo aceptamos no tan cuerdo, pero no demasiado gufi.
A propósito, si en verdad no se le ocurre ningún nombre sensato para ocupar esta cartera dentro de las filas de la Alianza por el Cambio, por aquello de que no hay mucho de donde escoger, entonces como educador me permito sugerirle al doctor Bosco Bernal, un profesional más técnico que político, quien en su breve tránsito por el Ministerio de Educación dio muestras de saber lo que hay que hacer para empezar a resolver la problemática educativa. Así complacería de paso, su inusitado interés en incluir miembros honestos del PRD en su gobierno.
Señor presidente, los panameños confiamos en que su habilidad administrativa, demostrada en el sector privado, la ponga en práctica a la hora de estructurar su gobierno y desarrollar su plan de trabajo. Tómese su tiempo a la hora de escoger a las personas adecuadas. Por favor, no actúe por impulso sobre todo en esta materia, que al hacerlo nos está enviando una pésima señal.
Me parece que hay otro asunto igualmente importante al que usted debería prestarle especial e inmediata atención conjuntamente con su honorable vicepresidente. Se trata de la estrategia de gobernabilidad que deben diseñar juntos. Si, por extraño que pueda parecerle a muchos, hay que hablar de un eventual problema de gobernabilidad, ante el hecho cierto de que el presidente electo contará, en efecto, con una mayoría de diputados, representantes y alcaldes como miembros de la Alianza por el Cambio. Lo cierto es que no se necesita una bola de cristal para saber que estos halagadores números, no garantizan que a largo plazo se mantenga la sintonía en lograr los objetivos que Martinelli planea llevar a cabo como parte de su plan de trabajo. La razón es muy simple, el Partido Arnulfista con desafortunada mayoría en la Asamblea para el próximo gobierno, no ha dado muestras en el pasado reciente (salvo contadas excepciones), de interesarse un comino por el bienestar del pueblo panameño (basta con recordar el fulmine gobierno de Mireya Moscoso). En consecuencia aquí es donde en verdad se pondrá a prueba el liderazgo del señor Vicepresidente de la República y actual presidente del Partido Arnulfista, a fin de que logre encaminar los esfuerzos de los miembros arnulfistas del equipo de gobierno, en atención a la visión Martinelli y no a los mezquinos intereses personales de acomodo y pelechaje que ha caracterizado históricamente a este colectivo político, acostumbrado a la torcedera de brazos y a negociaciones en oscuros salones. Al menos para mí, esta es la verdadera encrucijada que enfrentará el gobierno Martinelli para tener opción de cumplir los ambiciosos y anhelados cambios prometidos.
Finalmente deploramos la actitud asumida por el PRD a través de la figura de Balbina Herrera, especialmente en su discurso de aceptación de la derrota (si es que se le puede llamar así al discurso de barricada que se mandó). Con sus palabras dio claras muestras de que al igual que en su momento el propio Presidente Martín Torrijos, lo ha hecho en reiteradas ocasiones solo les interesa y han estado pensando exclusivamente en su propia conveniencia personal, la de sus copartidarios y pare de contar.
Un país civilizado, que aspira a seguir perfeccionando su democracia, reclama una oposición responsable y constructiva, no una oposición revanchista, incendiaria y resentida. Lo prudente y saludable ante semejante arrastrada electoral como la recibida, es ir a lamerse sus heridas a una esquina neutral en lugar de ponerse a tirar pelenchinadas al aire en el centro del entarimado.