Nicanor poco a poco se mudó a lugares más interesantes. Lugares donde el tiempo no transcurre y la vida es eternamente nueva. Vivió demasiados días de dieciséis horas, ocho trabajando, siete atendiendo a los padres y la última antes de dormir, la más hermosa hora, leyendo. Se sumergía en los paisajes de los libros y convivía con personajes oníricos e ilimitados. Y cuando eso ocurría, Nicanor era un sueño, una ilimitación.
Pero cada día siguiente, la voz de mamá pidiendo el desayuno, la de papá hablando del periódico. Luego la prisa, el trabajo y regresar a casa. Como un aburrido carrusel al que se está sujeto, porque eso había que hacer, “porque era lo que tenía”, “porque el bueno hijo”, “Y sí mamá, y sí papá...” La cosa es que en la noche, como impaciente fugitivo, se lanzaba a leer hasta que lo sorprendía el sopor.
Y otra vez despertar: tal vez lo que más hería era adivinar lo muerto de cada instante: mamá pidiendo el desayuno, papá hablando del periódico de la mañana. El buenos días que parecía ser el mismo, las mismas personas en el bus, el conforme pesar. El día llevado por la inercia y la frase diurna: “parece mentira que ya se fue el día, Nicanor: así se va la vida”. Él, invariablemente contestando: “sí mamá, así se va la vida”.
Nicanor acumulaba torres de libros. Al borde de su cama esperaban ser devorados y él daba vuelta al día esperando leerlos. Las hojas se habían convertido en medidas calendarios: treinta hojas un día, siete metáforas otro. Así como pasa en un reloj de arena, cayó Nicanor poco a poco a un nuevo tiempo. “Nicanor, el desayuno”, y él mecánicamente servía el desayuno. “Nicanor, el periódico”, y como sonámbulo recogía el paquete abandonado en la puerta: dentro de su mente hacía otras cosas, era el interesante aventurero que se atrevía a todo, era libre. Y otro día más y otro, viviendo un sueño y conservando apenas la vida.
Una tarde compró aquel libro. Se llamaba “Nicanor da la vuelta”. “Vaya título”, se dijo, “con mi nombre”. Lo compró de inmediato y ansió leerlo.
Con la obsesión por el orden que le era costumbre, Nicanor se impuso leer los libros apilados antes de sumergirse en su nueva adquisición. Cada noche aceleró la marcha para llegar a “su libro”. Traía el desayuno, buscaba el periódico, buenos días a todos, ¿cómo están? De nuevo la noche y ansiar su libro, y dormir, en el día... Hasta que acarició con gusto las letras doradas: “Nicanor de la vuelta”. Lentamente las primeras hojas y dejó que la vista se deslizara por el papel. La lectura le fue grata. El personaje principal era un increíble aventurero. Se iba de un lugar a otro, nuevos amigos, bares, las aventuras. Y el sopor. Y Nicanor, quedándose dormido con el libro en el pecho.
Llegó un día en que la madre se despertó gritando. Nicanor la buscó entre las sombras de la madrugada y el miedo. Entró al cuarto. La madre se sacudía la cabeza y gemía, a su lado pintados por una franja del amanecer, miraban desmesuradamente quietos los ojos del padre.
A Nicanor le pareció mentira la muerte. En el fondo, siempre la consideró un evento al que sólo se espera. “Con lo que implica”, “con los días tan perfectamente cotidianos”. Ya no estaría papá, y eso era algo que tampoco entendía. La ausencia de lo que se daba por hecho. Tuvo miedo: su pasado era uno y su futuro sería otro.
Hubo que organizar los funerales, tomar las decisiones sobre el arreglo del muerto, desvergonzados sarcasmos, e invitar a los pocos, pero fieles amigos que conservaba el anciano. Cuando se veía así el asunto, la tradición le parecía una crueldad.
Pasada la misa, el incómodo mirar al muerto y el velatorio, se sintió peor. Llegó a la casa, la madre se quedaba ahora todo el día en su cuarto, mirando ensimismada o durmiendo. Él bajó en la mañana y se encontró con el vacío. El silencio. Sintió miedo. Se apresuró a preparar el desayuno.
Comió. El silencio y la espera de cualquier cosa, lo que fuera o simplemente papá entrando en la cocina. Recogió el periódico y lo leyó. El silencio y el miedo. Algo había de doloroso destino. Con pánico se fue a su cuarto, por el libro, por “su” libro. La cara del padre blanca como el papel no lo abandonaba. Tomó el libro y adelantó las páginas rompiendo el orden, como una profecía porque romper el orden era quebrar el tiempo. Leyó que Nicanor seguía con sus viajes. Leyó que sus sueños se diluían con los años. Leyó que se iba haciendo pesimista, realista..., viejo. Y entonces lloró. Y siguió leyendo sobre los días de la vida de Nicanor, con un desengaño propio, con cansancio.
Y volvió a sollozar porque sintió que su rostro o el del personaje del libro (ahora sabía que eran iguales) sería el de padre, que él pediría el desayuno y se lo prepararían cada mañana, que buscaría el periódico o se lo buscaría o tendría que anhelarlo, y que diría en la noche algo sobre cómo se va el tiempo y la vida, cada noche diría eso sobre el tiempo y la vida, sin nada que hacer, “Porque era lo que tenía”.