Todas las mañanas cruzábamos el “Parque Catedral” para encontrarnos, a la entrada del Hotel Central, con otras compañeras de estudios. Asistíamos al Colegio San José, situado en las cercanías del Palacio Presidencial.
Siempre fue agradable dar un vistazo a la escalera del hotel, la cual divisábamos desde la acera. En ocasiones especiales, fuimos con nuestros padres a su elegante comedor.
A veces captaba nuestra atención la presencia de alguna luminaria del cine (época del silencio), como John Barrymore y Dolores Costello, quienes se hospedaron allí, en su luna del miel. Por las noches, los veíamos pasar paseando en coche “con la capota baja”, para disfrutar de las noches tropicales.
Nunca vimos sus películas, presentadas en el Teatro Cecilia. No eran apropiadas para los niños, ya que mostraban escenas de apasionados besuqueos.
Un día tropecé en el parque, frente al Hotel Central, con un señor. Éste, se inclinó para ayudarme a recoger mis libros escolares. Al incorporarse lo reconocí. Era Eddy Cantor. El famoso comediante del cinematógrafo. Me miró sonriendo y puso a sus pupilas a rotar rápidamente dentro de sus ojos, como solía hacerlo para deleite de nosotros los muchachos que íbamos a reírnos con él en el Teatro Amador… esa es otra reliquia que debemos rescatar… allí me gané una preciosa muñeca, por ser la niña más parecida a la novel actriz infantil del momento… “Baby-Peggy”.
El reciente colapso ocurrido en el Hotel Central es otro doloroso grito de auxilio que lanza al Gobierno nacional nuestro magullado Casco Antiguo; necesita más respaldo, aunque haya sido declarado por la UNESCO “patrimonio de la Humanidad”, y por más que, con tan ingentes esfuerzos, intenten protegerlo expertos y organizaciones privadas.