Un rumor corría de boca en boca por las calles. Poco me importó. Decían que algo extraño había ocurrido. Yo no sabía qué era hasta que lo descubrí.
Me iba por allá, por acá, luego, regresaba por los mismos lugares. No tenía una dirección fija. Me vi amenazado por otros. Sobreviví a las peleas callejeras. Me pasaba el día, como cualquier ciudadano, en busca del pan de cada día.
Mi vida tomó un giro cuando conocí a una chica. Ese día la vi parada en el callejón de su casa. Tenía las piernas cortas, un pelo con mechones rubios y era caderona.
Regalaba besos y autógrafos a sus admiradores que andaban detrás de ella. Se sentía como una actriz de cine. Le gustaba escuchar los pompos y platillos que la ponían sobre las estrellas. Me dejaba como un bobo y con la lengua afuera. Lo único que ella hacía era apartarme con sus ojos grises.
Para enamorarla tuve que buscar la ayuda de mis amigos. Así formé un coro de tenores. Ensayamos todos los días en nuestras improvisadas residencias. Nuestras voces quedaron afinadas y con trinos vivos. De tanto insistir. Una noche, la serenata logró atraer a la creída de Tina. Después de haber logrado mi propósito nunca volví a ver al grupo, me extrañó.
Tina era muy exigente con la comida. Le gustaba lo mejor. Cada vez que la llevaba a un quiosco se enojaba. Fue así que decidí llevarla a un lugar exclusivo que estaba repleto de manjares exóticos. El lugar tenía poca luz, era muy romántico. El olor de las comidas motivaba la boca. A Tina le gustaban trozos de carne y a mí costillas de pollos. Un empleado siempre nos despedía con gestos agresivos porque sabía que no pagaríamos.
Al terminar nos íbamos al parque para buscar el regazo de un árbol. Las estrellas esa noche parecían asustadas. Tina me abrazaba y me daba besitos. Yo me quedaba, como les dije, como un bobo al mirar sus senos de inglesa triste.
En la mitad de la noche apareció un olor que pululó siempre tras de nosotros. Tina lo vio. Nos levantamos para quedarnos sentados como esperando una orden. A toda velocidad cruzamos las calles y los callejones.
El depredador venía detrás de nosotros. Nos tiró palos y piedras que me alcanzaron. Nos vio cruzar la calle. Se detuvo. Las llantas de un carro aullaron y quedó en la mitad del camino. Tina tomó impulso para elevarse. Su cuerpo parecía una estrella que caía del cielo. Escuché una carcajada.
Seguí al depredador que cargaba a Tina. Vi al hombre entrar por la parte de atrás de un establecimiento. Me acerqué. Tina se quejaba. Me sentí culpable por su situación. Su boca de irlandés guardó un largo silencio. Ni su sangre árabe la pudo ayudar. Hace rato, el alienígena de los ojos alargados, de la boca estirada y cuerpo amarillo dejó de golpear la madera. No la pude ayudar.
Enrollado como una serpiente me encuentro frente a la cocina del lugar. Me siento agotado y herido. Ahora sabía la razón por el cual mis amigos habían desaparecido. Al escuchar los pasos de una sombra que caminaba como zapato viejo, cargaba con el viento un olor a monte quemado y que tenía una cara de mala leche. Me levanté porque esta vez no espero ninguna orden para correr.