El 2014 se fue en un pestañar. Muchos de los que lo esperaron con afán, ahora están en la fila de los que esperan con ansias que las manecillas del reloj caigan al unísono sobre las 12:00 para comenzar un tiempo nuevo. A quienes les fue bien, les da lo mismo; para ellos el periodo debiera extenderse o, sencillamente, seguir, sin cambiar.
El que fuera el año más esperado, en algunos ámbitos del quehacer nacional pasó con más pena que gloria y, en otros, fue básicamente ruidoso.
Ya hemos dicho que esto del año que muere y el que nace es solo un punto de referencia que los humanos establecimos para cerrar capítulos de nuestra vida y comenzar otros; pero a fin de cuentas sigue siendo el mismo libro con sus dramas, añoranzas, vicisitudes, conquistas, desilusiones, alegrías, desamores, en fin, un hilo ininterrumpido de acontecimientos que sirve para hilvanar nuestra existencia.
Por eso el 1 de enero no es más que otro día. En 2015 caerá jueves y cumpliremos el mismo ritual de la vez anterior y de la anterior. Los buenos deseos abundarán, los propósitos se duplicarán y el espíritu de muchos se sentirá renovado, pero el año nuevo no deja de ser eso, una fecha en el calendario que muchos aderezan con unos tragos de más, algo de exceso en la alimentación y un optimismo exacerbado.
Al día siguiente —que desafortunadamente esta vez es viernes— la inmensa mayoría de la gente tendrá que abrir los ojos y volver a la realidad: trabajar, cumplir con sus deberes de ciudadanos y tratar de contribuir a mejorar tanto su situación personal y familiar como la de la sociedad en general.
¿Y cómo hacer eso? Sencillo, actuando todos los días como lo que son, el comienzo de algo nuevo. Manteniendo durante los otros once meses del año la misma actitud que en diciembre, contribuyendo a la paz y la armonía.
Plantearse propósitos a largo plazo no es tan fácil si no se cuenta con una disciplina y una estrategia para ello. Entonces, por qué no ir alcanzando pequeñas metas todos los días; por qué no ir transformándonos cotidianamente para que cuando lleguemos al punto de cerrar un capítulo del libro de nuestra vida, sintamos que estamos ante un accionar coherente y que, más allá de felicitar a los demás -que por cierto está bien- tengamos razones para regocijarnos con nosotros mismos, que es el primer paso para alcanzar la felicidad.