La gente está cansada. Sí, cansada de tantos tranques, huelgas, discusiones bizantinas, políticos mitómanos, dirigentes intransigentes, críticos enfermizos, atropello a sus derechos, incremento de la canasta de alimentos y fracasos deportivos. También está hastiada de ver todos los días a la misma gente hablando lo mismo, de escuchar descalificaciones, de abogados enredándolo todo, de borrigueros que se proclaman periodistas y de choferes con viejas mañas al volante de buses nuevos. En fin, la gente no resiste sentir que está en el infierno, cuando se supone vive en un país que tiene cualidades paradisiacas.
El entuerto radica en que, inconscientemente, nos hemos dejado secuestrar por una minoría que parece establecer la agenda del país, siempre a la medida de sus intereses, mientras que quienes salen a luchar día a día para esculpir su futuro y el de los suyos, no terminan de entender por qué cada vez que alguna de estas sectas decide confabularse en contra del bien común, cerrando el paso o privando a los estudiantes de su derecho a recibir atención en los colegios, no se produce una acción legal para proteger el derecho de quienes -sin dejar de lado su preocupación por la suerte del país- concentran sus esfuerzos en producir y dar lo mejor como es su deber patriótico.
Lo peligroso del asunto es que estamos trascendiendo a un estadio en el que los supuestos líderes son rebasados cada vez más por sus bases y gozan de menos credibilidad ante el colectivo social. Esto, eventualmente, acentuará las acciones individuales y desorganizadas, lo cual parece ser parte del caos que muchos creen necesario para, supuestamente, alcanzar “un nuevo orden”.
Sobre esto último es que debemos estar pendientes para evitar que nos conduzcan al despeñadero, porque si de algo no podemos hastiarnos nunca es de proteger las bondades de esta tierra de Dios y seguir viviendo como nos gusta, en paz.