El soneto es una de las estrofas más hermosas de la lengua española. Su contenido siempre nos deja la grata sensación entre la idea y la emoción. En esta oportunidad me referiré al soneto que ha sido titulado con su primer verso: No me mueve, mi Dios, para quererte…
Su autoría ha sido atribuida a diversos autores, no obstante, no se ha podido identificar a ciencia cierta quién escribió estos inigualables versos que nos enseñan el valor supremo del amor verdadero a Dios. El ser humano incapaz de amar sin interés debiera ver en este poema la suprema lección.
Decimos amar a Jesús, sin embargo, en nuestras oraciones siempre pedimos algo. La oración se convierte en un vehículo condicionante de lo que decimos sentir. Y creemos establecer un trueque: rezos por favores.
Debemos amar, no solo a Jesús, sino a todos, sin esperar nada a cambio; porque el verdadero amor es incondicional (y qué bueno que sea así); porque la máxima expresión del amor no toma en cuenta nuestras iniquidades, rechazos, vilezas y chantajes y nos ama al punto de entregarse por nosotros.
No me mueve, mi Dios, para quererte/el cielo que me tienes prometido, /ni me mueve el infierno tan temido/para dejar por eso de ofenderte. Este cuarteto presenta la dicotomía entre el bien y el mal. El bien representado en el cielo; el mal, en el infierno. En medio de ambos la no motivación para aspirar a uno y temer al otro. En la época en la que fue escrito, que asumo es la Edad Media, por el carácter anónimo de la composición y la temática, Dios era el centro de la vida de los seres humanos. El afán por ganar el cielo llevaba a extremos como vender bulas papales con las que se conseguían concesiones de gracias y privilegios religiosos, sobre todo la absolución de pecados para ganar el cielo y escapar del infierno.
La corrupción galopaba como hoy, y quizá el autor o la autora consideraron oportuno reflexionar sobre el mayor de los mandamientos: “AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS”. ¿Y qué significa esto?
Parece sencillo; sin embargo, en la práctica las personas condicionamos ese amor y dejamos de cumplir el primer mandamiento, porque si necesito que me den algo a cambio por mi bondad, ya no amo a Dios sobre todas las cosas, pues hay algo que está por encima de ese bien supremo.