Sé que un olor fétido emana de las entrañas del Comité Olímpico de Panamá, en el que reina, hace y deshace, Miguel Sanchiz.
Sé que el COI no se ha preocupado por ponerle punto final a un problema añejo, que ya suficiente daño ha hecho.
En Costa Rica ocurrió una situación similar a la de Panamá. El COI intervino, ordenó una elección y, listo, asunto resuelto.
Sé que la situación del olimpismo local no es moralmente correcta, pero también sé que hay una generación talentosa de atletas que no merece ser sacrificada en el cruel altar de la frustración, de las esperanzas destrozadas.
Por tal motivo, hallo injusta la posibilidad de que la FEPAT no envíe a sus atletas a los próximos Juegos Olímpicos.
Es preocupante que se siembre este tipo de dudas, y es mentalmente agobiante que el atleta --sujeto y objeto del deporte, como diría Luis “Pipo” Celis (q.e.p.d.)-- se someta al sacrificio de los entrenamientos diarios sin saber, a ciencia cierta, si recibirá su recompensa producto de su esfuerzo. Y esa recompensa mayor, para cualquiera atleta, no es otra que estar allí, en la cita olímpica.
Sabemos que la FEPAT quiere evitar, a toda costa, que Sanchiz y su séquito ganen protagonismo en el ámbito olímpico, pero pienso que con el sacrificio de toda una vida no se juega. Claro que no.