Es una excelente profesora de música. Canta tan, pero tan hermoso, que hasta a los temibles miembros de la policía militarizada (SS) de Adolfo Hitler les gustaba escucharla.
En Panamá, ha formado a cientos de personas en este arte con el que frotaba su alma mientras sobrevivía en los campos de concentración y exterminio especialmente diseñados para los judíos.
Marianne Granat lleva por dentro una vida de sufrimiento infinito. Ella ha atravesado, quizás, tres procesos de liberación: el primero, físicamente cuando tras la intervención de los soviéticos, pudo salir del campo de concentración; el otro psíquico cuando nacieron sus hijas y, el tercero, con su testimonio plasmado en el libro: “Nuestras cenizas”.
Fue un proyecto de vida que se propuso por muchos años, porque, en sus palabras: “Cada día quería recordar. No quería olvidar porque mis padres murieron allá (en un campo de exterminio)”.
Comenzó a escribir su testimonio cuando nacieron sus dos hijas.
“Sin la ayuda de mi esposo no hubiese podido sobrevivir”, confesó durante la reciente presentación de su libro, acto que congregó a tanto público, que el Salón Chaquira de ATLAPA se quedó chico.
Impulsos.
Marianne y Alexander, además de compartir el horror del holocausto, decidieron compartir la vida por siempre: se casaron.
Luego se fueron a vivir a El Salvador, adonde ella llevó su profundo trauma.
En este país buscó la ayuda de un psiquiatra, quien quiso consolarla comparando lo ocurrido con la guerra de Vietnam.
“Comencé a llorar por su incomprensión. Cuando llegué a casa, decidí escribir para sacarme de mí misma”, dice Marianne.
El fracaso de un psiquiatra le dio el impulso definitivo para dejarnos una obra en la que han participado varias personas, entre traductores de los manuscritos hasta quienes la han revisado.
La autora les agradeció todo el apoyo, pues confiesa: “Ya no tenía energía ni fuerzas para repasar, y no era capaz de leer”.
En enero de este año, Marianne cumplió 85 años y llegó a la conclusión de que era el momento para acabar con el asunto: publicar su libro.
“Este libro viene de mi corazón porque cuando pasó el holocausto, pensé que nunca más iba a ocurrir algo parecido”.
Pero hace unos meses escuchó que el obispo católico Richard Williamson negaba el holocausto, como lo ha hecho mucha gente. “Eso me dio más impulso de trabajar en la publicación. Le pido a los demás sobrevivientes que hagan lo mismo, para no olvidar”.
A Marianne le han contado que Auschwitz, el mayor centro de exterminio de la historia del nazismo, es ahora un área llena de verdor.
Nadie pudiera imaginar que donde ahora hay vegetación, reinó la atrocidad, la muerte, y que el aroma cotidiano era el olor a carne humana.
Mucha suerte.
Cuando alguien entre el atento público que escuchaba los comentarios de Marianne durante la presentación del libro, le preguntó qué hizo para sobrevivir, su respuesta fue: “Tenía mucha suerte, por eso sobreviví. Había gente muy sana que no lo logró. Escapé por pura suerte”.
¿Y esa bulla? Cuando Granat fue llevada al primer campo de concentración, tenía 20 años.
La sometieron junto a sus padres y hermana.
Un día, estando en la barraca, le preguntó a una señora SS que la llamó a su cuarto para que le cantara, que cuál era esa horrible bulla que no la dejaba dormir; ésta le contestó que eran unas gitanas que no querían entrar a la cámara de gas.
“Yo no lo podía creer. Tampoco que esas llamas que salían de las hogueras quemaban los cadáveres. Sentía el olor a carne humana. Esa señora me contó aquello con la tranquilidad de quien se toma un vaso de agua. La cámara de gas funcionaba las 24 horas”.
Y por si fuera poco su desconcierto, luego se entera de que hay gente que va “a vacacionar” a pocos metros donde funcionaba esa máquina de la muerte.
La presentación del libro de Granat la hizo quien fuera su alumno, el abogado y escritor Juan David Morgan.
Morgan comenta que un día le vio a Marianne unos números tatuados en el antebrazo, mientras ella tocaba el piano y él vocalizaba.
No le preguntó nada, pero posteriormente supo que era la marca que sustituía el nombre y el apellido de los judíos en los campos de concentración.
Confiesa que cuando la autora le ofreció el honor de presentar la obra, pensó que por qué revivir tantos tormentos, humillaciones y por qué dejar que el dolor perturbe una paz tan merecida.
Seguidamente expone la razón: porque la humanidad tiende a olvidar, porque hay quienes aún pregonan la supremacía de una raza y otros niegan el holocausto. “Quieren aniquilar los muertos por segunda vez”, expresa.
El libro de Marianne está escrito con un lenguaje sencillo, salpicado de pensamientos profundos, según Morgan.
Comenta que hubo judíos que se aprovecharon del dolor de otros para beneficio propio y los nombres aparecen en el libro de Granat.