Esta no fue mi mejor semana. Tuve que alejarme un poco de algo que, además de útil, me resulta entretenido y me ayuda a que no mueran algunas relaciones personales y profesionales que he descuidado.
Decidí hacer uso de mi libertad de escoger, y me concedí unas vacaciones de mi cuenta de Facebook porque llegué a un punto en que no lo soportaba. Fue algo así como cuando un padre pierde la paciencia con un hijo que, aunque lo quiera mucho, a veces tiene que asumir posiciones extremas para no perder el mando.
Así, en vez de apagar el control remoto, lo que hice fue “salirme”. ¿Y por qué llegué a ese punto? Bueno, porque me sentí agobiado al ver que no todos tenemos la misma concepción sobre para qué debemos usar nuestras cuentas de Facebook y muchos, quizás involuntariamente, se convierten o nos convertimos en seres fastidiosos y lo que consideramos puede ser gracioso, entretenido, chic o interesante, para el resto de la humanidad no lo es.
Como periodista veo en Facebook una fuente de información de la cual igual me nutro o suministro contenidos que estimo valiosos, interesantes, reflexivos, novedosos, orientadores y dignos de ser compartidos. Obviamente, también es bueno poner una pincelada de buen humor, un desahogo, algún pensamiento novedoso y una que otra actividad personal, sin caer en detalles íntimos ni comprometedores. Tengo claro aquello de que mi Facebook es público, pero mi vida es privada.
Me preocupa que algún amigo tenga un percance de salud o que a otra le hayan lastimado el corazón, pero no me hace gracia ver a ninguno tirado en una cama o que muestre en público su corazón deshilachado por un amor maldito. Mucho menos me interesa que me envíen invitaciones para jugar nada o que me pidan vidas, ya que solo tengo una y la quiero reservar para mí.
Dirán que si tanto me molesta, lo que debo hacer es cerrar la cuenta. Eso suena fácil, pero no lo es. En estos tiempos a veces es más fácil rastrear y conectarte con alguien por esa vía que por otra. Además, en el contexto de la aldea global en la que vivimos, puedo comunicarme con tan solo un “teclazo” con amigos y familiares que están en cualquier parte del mundo. Así que cada vez que me sienta hastiado del Facebook, tomaré unos días de vacaciones y volveré cuando sienta que lo necesite.
Al fin y al cabo, ya van cinco días y todavía no me he muerto.