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Noche de circo


Despertó repentinamente sin imaginarse dónde estaba. Había sido una noche de sueños cortos. Ató sus cordones a las zapatillas tiradas a un costado de la cama. Tomó su camisa marrón –la de siempre– y la sostuvo en las manos como para intentar ponérsela. Era la primera noche de su vida que dormía en un sitio desconocido. Pero a lo mejor el malestar que sentía no le permitía recordar lo que había sucedido el día anterior.

Buscó el periódico en una mesa color nogal y hojeó en la semioscuridad las noticias que asomaban ansiosas entre sus páginas. Le pareció no recordar los sucesos que narraba el periódico ni los personajes ni el título correspondiente. Decidió encender la luz y sentarse en la cama. Luego se acostó para sentir inmediatamente dolor de espalda. Insultó al colchón que le había producido el dolor y decidió bajarse por el lado derecho para evitar la mala suerte de esas que se pegan entre sueños y pesadillas mal concebidas.

Volteó la mirada alrededor y siguió sin reconocer de dónde experimentaba la extraña sensación que se había mecido en su organismo para despertarlo. Encontró un espejo y se observó en la semioscuridad –esto no podía seguir– debía encontrar cómo encender la luz, fuera electricidad, velas o cualquier fórmula mágica para poder orientarse.

 

Pensó que debían ser las cuatro o cinco de la mañana. No reconocía nada alrededor, ni el espejo gigantesco que estaba en su cuarto y que le permitía contemplar su cuerpo entero en una posición de franca tensión, ni la cómoda que perteneció a su abuela y que tenía años en el mismo lugar, ni el ropero, ni el colgador de toallas, ni el corbatero, ni las paredes que mantenían un papel tapiz raído y grisáceo que nunca había terminado de instalar correctamente dado que su cuarto estaba pintado de un verde esmeralda en honor a los ojos de una mujer que había conocido en el metro, años atrás.

Encontró unos fósforos y encendió uno que se apagó rápidamente por la brisa tenue que entraba por la ventana del cuarto asustándolo al máximo. Con los ojos muy abiertos se llenó de valentía y encendió otro fósforo tapándolo con la mano derecha para que el viento no traicionara el intento.

Observó alrededor con la poca luz que existía y no reconoció algo familiar. Miró unos pantalones de color rojo chillón sobre una silla pero no podían ser los suyos porque nunca usaba pantalones con colores tan llamativos. Debía haberse emborrachado y quedado en la casa de algún amigo o amiga, pero –¿Cual?– No podía haber otra explicación.

 

Se levantó por fin y buscó una puerta. Miró los cuatro ángulos de la habitación y no encontró ninguna. Se extrañó. –Preferiría dormirme y despertar en mi cama– pensó– mientras se orientaba en la semioscuridad debido a que el fósforo se había apagado. Se sentó en la cama y buscó sus pantalones, su ropa, cualquier cosa para ponérsela y escapar rápidamente y como sea de ese sitio. No tuvo más remedio que ponerse el pantalón de cirquero, aquel rojo chillón.

Nunca notó que el lugar carecía de techo hasta que una fuerte brisa lo estremeció y miró extrañándose de la falta de un techo y de haber concebido el sueño en un lugar tan extraño. –¡Pero si mis amigos no tienen algo parecido a esto!– exclamó en voz alta mientras golpeaba con ambos puños una de las paredes que estaba construida de concreto. El golpe retumbó con un eco extraño y el dolor en los nudillos le hizo perder de vista todo alrededor por algunos segundos.

Volvió a acercarse a la pared y puso su oído en busca de algún sonido familiar que lo orientara sobre su ubicación o que debía hacer. Lanzó un grito seco que se devolvió con un eco alucinante que no terminaba de repetir una y otra vez –¡sáquenme de aquí!–.

 

Se acostó en la cama y miró al cielo que se tornaba amarillento en la búsqueda del día que se acercaba rápidamente. Pensó dos cosas –o gritaba de nuevo o esperaba el día– o podía dormirse para despertar de esa pesadilla tan extraña.

Miró por enésima vez al cielo encontrando un color anaranjado que se mezclaba en la oscuridad aún predominante en el momento. Prefirió mantener la calma como tantas veces en su vida.

Empezó a caminar de lado a lado tratando de definir un plan cuando de repente escuchó un sonido seco como de un objeto chocando contra el piso de cemento. No era un vaso ni un jarrón. Podía ser el fin del mundo –pensó– acalorado y molesto cuando de repente una luz iluminó el lugar.

 

Apenas tuvo tiempo de ponerse de pie, abrir los ojos y salir a la pista del circo cuando se abrió el telón para el número clásico de payasos y magia. Tendría que dejar de soñar despierto en otros momentos para no arriesgarse a cometer errores.


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676518
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América