Los nombres y los apellidos de las personas, como las demás palabras que hablamos o escribimos, tienen un origen, una razón de ser. Si debemos aplicar la ortografía a todo lo que escribimos, por respeto a su etimología, no veo por qué haya que exceptuar de esta regla a los nombres y apellidos, como se cree. Algunos dicen que los escriben mal a sabiendas por respeto a sus padres o abuelos, que siempre los escribieron así. Los padres o los abuelos que siempre los escribieron así no tuvieron respeto con quienes los precedieron escribiendo correctamente y no entiendo que se pueda respetar a los antepasados perpetuando sus errores.
Hay padres que les ponen a sus hijos unos nombres sin significado conocido y llenos de letras impronunciables porque les parecen extranjeros y, por lo tanto, importantes. Otros les colocan nombres conocidos, pero con una grafía caprichosa. Abundan, por ejemplo, las Leydis (del inglés lady, señora), Aracellys (del latín ara cæli, altar del cielo), etc.
Cuentan que la niña Hellenys Nayrobis vio pasar a una vecinita recién llegada y le preguntó su nombre. La niña nueva dijo llamarse María. Hellenys Nayrobis le dijo: “¡Qué gracia! Tienes nombre de galleta”.
* Del libro del mismo autor “La herramienta más usada”.