En diciembre de 1989 nos íbamos a graduar. Edilma Moreno, una de las mejores educadoras que ha dado este país, dirigía entonces el Instituto Comercial Panamá. Ya anticipaba el orgullo materno, el beso feliz de mi abuelita Chela, los parabienes de amigos y familiares y las confesiones de amor para siempre durante el deseado baile de graduación. Sería un día para recordar. Nos despediríamos con los mejores deseos y la vida seguiría su curso de color gris y verde olivo, los colores de ese cambio de década.
Nos hicimos las fotos, las dedicamos, y tengo un puñado de buenos deseos con la cara de mis compañeros de hace más de un cuarto de siglo. Pero aquel día lo recordaríamos por otro hecho: la invasión de los Estados Unidos sobre Panamá, una "Causa Justa" injustificada, atroz e innecesaria. La promoción del 89 se quedó sin su ceremonia de entrega de certificados. La vida empezó temprano a abofetear a una generación que le tocó lidiar en su juventud con lo peor de las dictaduras y ser protagonista de una transición democrática. Nosotros, los de entonces, nos quedamos con la ilusión trizada y los sueños oscurecidos.
Hace unas semanas me contactó una compañera por las redes sociales y me pidió mi número. El milagro se hizo, brujería tecnológica, y hemos vuelto a encontrarnos a través de los móviles. Fotos (el antes y el ahora), mensajes y bienvenidas a un pasado glorioso por ser nuestro. Neruda regresa desde el amor de su poema número 20 para recordarnos: "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Pero la complicidad sí, y también la herida.
Hemos recordado a los profesores, a los que confiaron en nosotros. También a los que no, y resulta que el tiempo les ha quitado la razón en la mayoría de los casos. No hemos envejecido mal y casi todos hemos encontrado nuestro lugar en el mundo. A muchos el terruño se les quedó chico y otros lo han ensanchado con su buen hacer. Por amor o necesidad nos fuimos o nos quedamos.
"Bienvenido al pasado", saludamos a los que se van uniendo al chat, y en las fotos nos vemos como entonces, en toga, junto a Mima, o con mirada impostada y granitos juveniles. Las fotos de ahora evidencian libritas de más y experiencia en la mirada. Ellas, bellas. Nosotros, guapos a nuestro modo. El cariño, después de tantos años, aflora en los mensajes y la vieja complicidad allí sigue. Hay citas para vernos y cambiar la virtualidad por el cálido abrazo del reencuentro. Nosotros, los de entonces, con ganas de contarnos la vida.
Y con una cuenta por saldar nos surge una propuesta ¿Por qué no hacer la ceremonia de graduación? La herida, el recuerdo robado, se merecen una vindicación. Y también nuestro país. Recordar la Invasión en el marco del conocimiento, del desarrollo profesional, de la experiencia vivida, sería un excelente homenaje para los muertos por la estupidez de un puñado de políticos injustos. Hagámoslo, demostremos que seguimos en pie. La última generación de la dictadura no tuvo graduación: venimos a recuperar un recuerdo que se nos debe.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos, definitivamente. Ahora miramos crecer a nuestros hijos y comprobamos que al fin y al cabo la vida y su urgencia juvenil no eran para tanto, que "el amor de nuestra vida" de entonces no lo era, y que las palabras de futuro de aquella graduación que no tuvimos ahora son presente. Teníamos sueños y ahora estamos despiertos protagonizándolos, o tal vez no, pero no hemos dejado de perseguirlos nunca, como sé que no dejará de perseguirlos Jaennin.
Mima sonriente, yo recibiendo de su mano un certificado en pantalones cortos con una camisa prestada y una corbata de urgencia. Una toga verde cubre el olvido. Yo sonreí una vez, pero Mima sonrió con todos, con cada uno. Ahora nos toca seguir sonriendo, como entonces, por que el recuerdo no cesa y la vida sigue pidiendo paso.