El humanismo es una corriente filosófica muy antigua que ha cruzado diferentes culturas. Como principio esencial, sostiene que nada está sobre el ser humano y que éste debe ser principio y fin de cualquier esfuerzo. El planteamiento, a nivel lógico, tiene mucho sentido, ¿verdad? Es decir, ¿de qué nos sirven las comodidades de la tecnología y los avances científicos en general, si no podemos ser creativos, buscar el sentido de nuestra existencia y hacer realidad cada una de nuestras aspiraciones? Porque, en realidad, de eso se trata todo, de dar un sentido superior a nuestra vida. ¿O no?
El trabajo debe servir al ser humano y no al revés. La infraestructura de las ciudades que habitamos debe servir al ser humano y no al revés. Los servicios públicos, las ofertas de entretenimiento, nuestras bibliotecas y todo cuanto nos rodea, debería servir al ser humano y no al revés. Cuando el afán de lucro supera este principio, comenzamos a dar vueltas en una espiral inútil y ominosa.
Nuestros gobernantes actuales y anteriores han alcanzado innegables logros. De eso no hay duda y debemos reconocerlo. Sin embargo, cabe preguntarse: ¿mueve a nuestro Estado una política verdaderamente humanista o el simple afán de lucro? ¿Somos simplemente un pueblo de comerciantes? Podría ser que toda nuestra cultura esté viciada por este defecto.