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Nueva visión del ‘fin del mundo’

Quienes creemos que Jesús es el Hijo de Dios, debemos analizar nuevamente todo lo que él dijo cuando describió los últimos tiempos, empezando por notar que utilizó un lenguaje “apocalíptico”, o sea, un lenguaje extremadamente alegórico, algo claramente intencional.


En una humilde y remota comunidad de Yucatán llamada Xul, una secta religiosa de italianos ha construido lo que llaman “La ciudad del Fin del Mundo”, donde todas las paredes son gruesas, huecas y rellenas de materiales raros, para protegerse de las radiaciones y microbios que supuestamente serán parte del “fin del mundo” y que, según una leyenda maya, tendrá lugar el viernes 21 de diciembre de 2012. ¿Qué de cierto puede haber en todo esto? ¿Acaso el mismo Jesús de Nazaret no dijo, como verdadero hombre que fue, que ni siquiera él sabía cuándo acontecería tal hecho?

Quienes creemos que Jesús es el Hijo de Dios, debemos analizar nuevamente todo lo que él dijo cuando describió los últimos tiempos, empezando por notar que utilizó un lenguaje “apocalíptico”, o sea, un lenguaje extremadamente alegórico, algo claramente intencional. Además, durante la última cena Jesús señaló que no todo lo que él hizo y dijo sería comprendido inmediatamente, sino posteriormente, con la ayuda del “Espíritu de la Verdad”.

Los evangelios de San Mateo, San Marcos y San Lucas recogen todo lo que Jesús dijo refiriéndose al “fin del mundo”, incluyendo la afirmación de que sucedería antes que pasara la generación de sus discípulos.

 

Sin una sólida sustentación bíblica, los judíos contemporáneos de Jesús imaginaban un “fin del mundo” catastrófico; una creencia que probablemente adquirieron de algún pueblo vecino (similar a como los italianos en Xul adquirieron creencias de los mayas) pero que, después de dos milenios, lamentablemente perdura entre la mayoría de los creyentes judíos, cristianos y musulmanes.

Naturalmente, cuando empezaron las cruentas persecuciones contra los primeros discípulos de Jesús, era lógico que ellos, quienes mayoritariamente eran judíos y recordaban las señales del “fin del mundo” que Jesús había mencionado, dedujeran que la destrucción del planeta era inminente.

Pero con el pasar de las décadas se hizo obvia la necesidad de “descifrar” lo que Jesús había querido decir alegóricamente y se descubrió de que muchas veces sus palabras se aplicaban igualmente al presente como al futuro, tanto a personas, como a grupos y pueblos y, más a menudo, tanto a verdades espirituales como a realidades materiales; lo que explica por qué un lenguaje apocalíptico era preferible para impartir varias enseñanzas con relación al “fin del mundo”.

 

La clave principal estriba en descifrar lo que Jesús quiso decir con aquello de que, “...como el relámpago sale de Oriente y resplandece hasta Occidente, así será la venida del Hijo del Hombre”; empezando por observar que la expresión “Hijo del Hombre” puede referirse al mismo Jesús, a un grupo o pueblo, o a toda la humanidad.

Una enseñanza elemental corresponde al hecho de que prácticamente toda persona, grupo o pueblo pasa por momentos en su existencia cuando “pareciera que se le cae el cielo encima”. A ellos, Jesús les señaló que, si perseveran en la fe y en la caridad, superarán sus problemas y verán mejores días o, en algunos casos, el mismo Jesús acudirá espiritualmente para llevárselos a otra vida donde su felicidad será eterna.

Una vivencia de este tipo fue la que los discípulos de Jesús debieron experimentar al presenciar Su muerte en una cruz, algo que equivalía al fin desastroso de sus aspiraciones político-militares; solo que, pocos días después, esos mismos discípulos celebraban la resurrección de Jesús, algo muchísimo más valioso para toda la humanidad.

 

Otra enseñanza elemental está relacionada con las personas, grupos, o pueblos que se dejan guiar por personas perturbadas psicológicamente quienes, a veces en el nombre de Dios, los llevan hacia un despeñadero. Un ejemplo reciente de este fenómeno tuvo lugar en Alemania, cuando esta se dejó conducir por Adolfo Hittler a la Segunda Guerra Mundial.

La enseñanza principal consiste en resaltar que, si analizáramos la historia universal desde los tiempos de Jesús, notaríamos que los pueblos cristianos y la humanidad en general ascienden lentísimamente a niveles de empatía y hermandad cada vez más elevados. En Europa, por ejemplo, hoy día el pueblo alemán es uno de los que más ayuda a los demás pueblos del mundo.

Este lentísimo “perfeccionamiento de la humanidad” es más patente si observamos que hace cuatro milenios, en el Medio Oriente, predominaba la ignominiosa creencia religiosa que a este o a aquel dios había que sacrificarle lo mejor que uno tuviera, así que se acostumbraba sacrificarle al hijo primogénito. Inicialmente, incluso Abraham consideró esto razonable, pero lo mismo no difiere mucho de lo que hace 600 años los aztecas hacían para honrar a su dios Quetzalcóatl.

 

Los capítulos 16 y 21 del Segundo Libro de Reyes señalan cómo esta abominable creencia subsistía en Palestina casi dos milenios después de Abraham, cuando dos reyes de Judá, Ajaz y Manasés, aún contraviniendo los diez mandamientos establecidos, decidieron practicar la religión de algún pueblo vecino y sacrificaron a sus primogénitos.

Lo cierto es que, por ser infinitamente bueno, Dios no le procura ni le pide a alguien que le procure la muerte a otro; solamente permite que ella ocurra, porque, analizándolo objetivamente, ella nos asecha constantemente. Además, por permanecer eternamente inmutable y por saber en todo momento lo que hay en el corazón de cada persona, Dios tampoco necesitaba “probar la obediencia” de Abraham, como, lamentablemente, enseñan muchos predicadores.

Ciertamente que, después de Jesús, siguieron dándose períodos de mortandad por motivos religiosos, como durante la persecución de los cristianos por la “bestia con el número 666” según el libro del Apocalipsis y que, aplicando los cálculos de la cábala judía, corresponde al emperador Nerón; pero, con la excepción de la mayoría de los creyentes islamitas, la humanidad cada vez es más consciente del inalienable derecho a la vida y a la felicidad de todos los hombres, sin distingos de edad, raza, sexo, idioma, religión, creencias políticas, o cualquier otra condición. De no ser así, ni siquiera la Declaración Universal de los Derechos Humanos existiría.

Continuará


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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