No cabe duda de que la diseminación de las creencias cristianas ha dado crecimiento a una conciencia universal que exige el respeto a la vida de todos los seres humanos sin excepción. Por ejemplo, si investigáramos el exterminio de seis millones de judíos por los nazis, constataríamos el enorme esfuerzo del Gobierno de Hitler por ocultar ese holocausto, tratando, infructuosamente, de evitar la repulsa mundial.
Esta conciencia universal también fue la razón por la cual, al inicio de la reciente “guerra preventiva” en Irak, los dirigentes militares estadounidenses “tomaron bajo su amparo” a todos los periodistas que pudieron para, solapadamente, limitar la transmisión de información sobre una guerra que produjo más de 100,000 muertos civiles, incluyendo ancianos, mujeres, niños y el asesinato intencional de varios periodistas independientes.
Continuando con el análisis de la historia universal después de Jesús, observaremos que, cada vez que un país o el mundo sufre una “crisis generacional”, la generación posterior generalmente deviene más “humana” que la generación anterior. O sea que cada crisis resulta en la desaparición de un “Hombre Viejo” y la llegada de un “Hombre Nuevo”, algo caracterizado por abarcar “de oriente hasta occidente” y que empezó a ocurrir durante la generación de los discípulos de Jesús, aunque seguramente lo vieron, pero se dieron cuenta.
Así como Dios permite las injusticias, el dolor y la muerte, ya que, por un efecto redentor, ello fortalece y une a los hombres de bien, él también permite las “crisis generacionales” para que, cada vez un poco más, la humanidad finalmente llegue a conformar “Su imagen y semejanza”, ya que si nos fijamos cuidadosamente, la creación no ha terminado todavía…. Aparte de que Teilhard De Chardin demostró que es perfectamente factible que existiera un “paraíso terrenal” sin que la historia lo registrara, hoy día todavía aparecen y desaparecen estrellas e islas, entre muchas otras manifestaciones de una creación inacabada.
Esta enseñanza fundamental de Jesús encaja perfectamente con sus demás enseñanzas en los Evangelios y con las enseñanzas del Apóstol San Pablo sobre el cuerpo “místico” o “universal” de Cristo, formado por todas las personas de bien a lo largo de la historia, con Jesús como cabeza.
Cuando la situación de alguien es extremadamente dura, seguramente le será difícil “sentir” que la humanidad sea cada vez mejor. Sin embargo, en tiempos pasados, casi nadie mostraba interés alguno por proteger la naturaleza; pero, hoy día, la Ecología es una materia regular en las escuelas, y las nuevas generaciones, cada vez más, demandan la protección del medio ambiente.
Resumiendo lo escrito, la “ascensión de la humanidad” empieza a tomar impulso cuando Abraham adquiere conciencia de que Dios no puede desear el sacrificio de Isaac, alza vuelo con la resurrección de Jesús, y avanza constantemente, siguiendo la trayectoria de una espiral inclinada, con períodos más o menos repetitivos, en los que todo pueblo o la humanidad entera eventualmente cae en alguna gran tribulación, posiblemente incluyendo la persecución de cristianos, pero que, invariablemente, da paso a un mejor “Hijo del Hombre”. Obviamente, Jesús previó todo esto, pero era imposible explicárselo en forma sencilla a sus discípulos.
Algunos se preguntarán: ¿En qué queda la destrucción del planeta, como predicen algunos fanáticos religiosos y numerosos científicos ateos? A lo que se puede responder fácilmente con otra pregunta: ¿Sería posible que Dios todopoderoso, Padre nuestro y fuente de todo el amor vertido en la creación del universo, destruyera a ese Hijo del Hombre que desde toda la eternidad ha estado forjando a su imagen y semejanza? Obviamente que no; algo que aparece bastante bien sustanciado al final del capítulo 11 del libro de la Sabiduría.
Por consiguiente, por más que algunos alerten sobre futuros desastres cósmicos, la realidad es que Dios puede alterar o disipar esos peligros en el momento que él haya escogido; porque, si no pudiera hacerlo, ni sería Todopoderoso, ni sería todo amor ni sería Dios.
Tal como el final del capítulo 25 del Evangelio de San Mateo y del capítulo cuarto de la Primera Carta de San Pablo a los Tesalonicenses dejan entrever, lo que probablemente sucederá será que, luego de que la mayoría de la humanidad esté practicando las enseñanzas de Jesús, Dios intervendrá directamente para darle los toques finales a ese Hijo del Hombre al que él ha estado dando forma desde el principio de los tiempos.
Naturalmente que quienes dedicaron sus vidas a ambicionar dinero, poder y la mayor cantidad posible de “juguetes materiales”, no le perdonarán a Dios el permitir que pierdan todo lo acumulado y rechazarán la invitación a la interminable fiesta que Dios tiene preparada para todos los hombres de bien.