La apertura de nuevos canales de comercialización está en consonancia con economías dinámicas y en expansión, que no son precisamente características de nuestros países, arrollados por la pobreza, la mala distribución de los ingresos y un número muy alto de inciertos que no permiten un mejor desarrollo.
En este sentido, aparte de la revolución causada por las ventas vía Internet en los países desarrollados, los canales siguen siendo, en esencia, los mismos: Las librerías, los puntos de venta llamados “no tradicionales” y la venta directa a instituciones y personas, fundamentalmente maestros y estudiantes.
Cada vez se habla más de que las librerías, canal privilegiado para la difusión y comercialización del libro, están perdiendo su sitial de honor. En nuestro país y me atrevería a decir que al igual que en el resto de la región, no sucede así.
Si bien es cierto que existen otros canales, a veces más dinámicos que las librerías, éstas continúan siendo el sitio privilegiado por los lectores tradicionales, que ven en ellas no solo el lugar para enterarse de las novedades y adquirir libros, sino el punto de encuentro de colegas y amigos. En nuestro país ciertas librerías aún no han perdido el encanto que da el calor humano de saberse cómplices en la aventura de degustar la lectura.
Creo que las librerías tienen mucho que ofrecer y su potencial más bien se ha acrecentado con la incorporación de nuevas tecnologías que facilitan la atención a los clientes. Es por definición, un canal que debe estar en permanente proceso de reinvención y reorganización, ya que nunca se debe perder de vista el papel que las librerías desempeñan en el desarrollo cultural.
Bien sabemos que si dejamos al libro encerrado en su “torre de cristal” (las librerías), muy poco habrá de lograrse. De ahí la importancia de las ferias, de llevarlo a seminarios, y reuniones gremiales, a los supermercados, hoteles, y todos los espacios que todos conocemos y que de tanto utilizarlos, han dejado de ser “no tradicionales”. Como se ha dicho tantas veces, se trata de que el libro sea parte de la vida cotidiana para la población.
Habría que hacer una especial mención sobre el público que compra libros en nuestra era, dando por descontando los profesionales. Al hablar de los nuevos protagonistas debemos hacer mención especial en las mujeres. Las encuestas sobre los hábitos de lectura en el mundo entero, dicen que son ellas las que más leen y su presencia como autoras relevantes se ha incrementado significativamente.
Otro protagonista no menos importante y que oscila entre la institucionalidad y los movimientos sociales, son las iglesias. Sus diferentes denominaciones han dado lugar a un nuevo público y a una nueva escritura, nada despreciable si vemos la necesidad de ayuda del ser humano.
Es innegable que el mundo se ha ampliado, los actores se han diversificado y los consumidores, cada vez más plantean exigencias particulares. La oferta de nuevos canales es también cada vez más amplia. Pero ello no debe hacernos perder la perspectiva ni dispersar nuestros esfuerzos. La responsabilidad con que actuemos será el resultado final de la nobleza editorial que se nos ofrece.
Debemos pretender responder a esos ideales puros que tenemos como individuos, sin permitir que la llamada “globalización” nos ahogue y con la revolución tecnológica.
Estamos indigestados de promesas que no se cumplen, y al fin y al cabo lo único que tenemos es la clara decisión de queremos leer, y los editores y libreros tienen la responsabilidad de editar para esa mayoría cada vez más exigente, abrir todos los canales que sean necesarios, pero sin perder de vista que el libro sigue y seguirá siendo un objeto de “carne y hueso”.