La frialdad de las cifras a veces puede distorsionar la intensidad del fogaje que envuelve a ciertas áreas de la realidad social. En temas como educación y seguridad ciudadana, hay ejemplos recientes.
Antes y ahora, un sector significativo de la sociedad se ha sumergido en el debate de las cifras en cuanto a la cantidad de fracasos, en el caso de la educación, y en el número de homicidios, en el ámbito de la seguridad.
En los círculos oficiales, generalmente, los números son empleados desde el ángulo favorable, mientras que los críticos explotan el vértice negativo para poner en duda el éxito de tal o cual gestión.
Como sea, los números son fríos, y aunque representan una guía que sirve para establecer políticas futuras, decidir presupuestos y llevar a cabo estrategias, no son necesariamente el barómetro que mida realmente la temperatura social.
No importa la cantidad de muertos que haya por la violencia –sean 700 o 10- siempre serán cifras tristes y que nos avergüenzan. Igual sucede en el terreno educativo. El hecho de que un estudiante fracase es una mala noticia. Caer en la discusión de que si fueron más o menos en un año con respecto al anterior, es frivolizar la discusión.
En todo caso, se debiera invertir más en detectar las causas que dan lugar a esos números malos y concentrar esfuerzos para irlos minimizando.
Nos hemos referido a la seguridad y la educación porque son los temas que han ocupado la atención de la opinión pública en los últimos días, pero igual ocurre con la canasta básica, con los valores económicos y otros índices, con la gran diferencia de que la cantidad de homicidios –por las causas que fueran- tienen mucho que ver con los fracasos y la deserción escolar.
Entonces, no se trata de detenernos en discusiones bizantinas sobre quién tiene o no la razón. El hecho es que esos números son el resultado de algunos yerros que, como sociedad, debemos corregir más allá de los cálculos políticos y oportunistas.