Durante aproximadamente una hora, el Real Madrid festejó con sus aficionados el éxito en la Liga. Un triunfo cómodo (5-2) ante el Levante, goles y fiesta para echar el cierre al curso con el trigésimo primer título en las vitrinas.
La celebración fue diferente. Por momentos más próxima a la apertura o clausura de un gran acontecimiento. Una pretenciosa majestuosidad poco entendida por el público. Más favorable a una fiesta más cercana con el futbolista.
Cinco minutos antes del final, los aficionados iniciaron su particular fiesta. Contagiados por la escasa tensión competitiva que generó el espectáculo en el césped, a pesar de los goles, los seguidores apenas exageraron su entusiasmo. Si acaso para celebrar la lluvia de goles ejecutados en las porterías, pero lejos del fervor que auxilia el festejo de un tanto en un momento cumbre.
En el tramo final del partido, empezaron a calentar las gargantas con el grito de campeones. Iluminaron el graderío con las cartulinas plateadas que el club regaló en cada asiento para hacer a cada fans partícipe de la fiesta.
No hubo descuento. Los jugadores del Levante abandonaron el terreno de juego. Nadie se movió del asiento. El speaker reclamó para el palco a la plantilla blanca. Y el presidente de la Federación Española de Fútbol, Ángel María Villar, repartió el premio que recibió Raúl. Ahí empezó la fiesta.
La copa sirvió de excusa para un viaje alrededor del campo. Una vuelta de honor para ofrecer el éxito al público. Entre cañonazos de confetis y el ritmo de los decibelios.
El Bernabéu apagó la luz y el fondo sur inició la fiesta por su cuenta. Unas antorchas iluminaron una pancarta de campeones detrás de la portería mientras la megafonía invitaba a los presentes a participar en el festejo. Una decenas de jóvenes con globos blancos dibujaban siluetas por el césped.
Delantero.
El atacante holandés abrió la cuenta a los 23 y marcó otro al 41. También marcaron Wesley Sneijder y Sergio Ramos, que anotó en dos oportunidades.