Treinta mil muertos después del inicio de la guerra contra el narcotráfico en México, la periodista Marcela Turati recoge en el libro "Fuego cruzado"el eco olvidado del conflicto que ha sembrado el país de plomo y lágrimas, las voces de las víctimas.
"Siempre hemos escuchado la voz de los violentos, de los que quieren la guerra, y nunca escuchamos a las víctimas", consideró esta reportera curtida en la revista Proceso, que semanalmente critica la lucha contra los carteles emprendida por el Gobierno de Felipe Calderón.
Turati visitó, entre otras víctimas, a las madres de trece jóvenes asesinados en el poblado turístico de Creel, organizadas para buscar justicia bajo el nombre de "Hijas de Pancho Villa", en el mismo Estado de dónde salió el caudillo, el norteño y fronterizo Chihuahua.
El día después del pleito mortal entre narcotraficantes que acabó con la vida de sus hijos, se tragaron las lágrimas para descorrer el velo. "Toda la vida cuidaron que sus hijos no se mezclaran con el narco y al final les salpicó la realidad", lamentó Turati.
Protestaron, persiguieron a los funcionarios, investigaron ofrecieron recompensas y "se dan cuenta de que ahí había un arreglo, que algo raro pasaba, que todos los ‘polis’ se fueron el día de la masacre", explicó la reportera.
El pueblo tenía "un protector" –un narcotraficante–, que fue asesinado un mes antes de la matanza, ocurrida en agosto de 2008; al desaparecer este, el pueblo quedó expuesto a sus rivales. Los jóvenes, así como un bebé, quedaron atrapados en el fuego cruzado entre delincuentes.
Y a pesar de que las madres rastrearon las guaridas de los que mataron a sus hijos y le dieron la información a las autoridades, nadie respondió.
Según la reportera, en la mayoría de los casos las mujeres son quienes más se organizan tras sufrir la siembra de la semilla de muerte de los carteles de la droga. También son víctimas, porque cerca del 96% de los fallecidos son hombres, muchos de ellos padres de familia.
"La mujer tiene que salir a trabajar, cae en una depresión terrible, se queda en el ciclo de pensar cómo hacer justicia, o en la venganza", apuntó Turati.
Tampoco consta, afirmó, que, como dice el Gobierno de Felipe Calderón, el 90% de los muertos por el crimen organizado desde que empezó la guerra al narcotráfico en diciembre de 2006 estuvieran ligados a la delincuencia.
La estadística no puede ser acertada "porque en este país no se investigan los crímenes", razonó. Pone como ejemplo a la veintena de albañiles asesinados en septiembre de 2008 en el parque natural de La Marquesa, a los que se acusó de construir un narcotúnel, presuntamente muertos por orden de sus patrones.
Turati visitó la comunidad indígena de la que provenían, en elEstado de Veracruz, y se encontró con el enojo de los habitantes sobre la versión de que los muertos eran empleados por un cartel. La tragedia legó al pueblo huérfanos y familias que navegaron hasta la indigencia.
Otro de los ejemplos que pone es el de dos universitarios que murieron en un tiroteo entre el Ejército y sicarios, a los que los militares "plantaron" armas para hacerlos pasar por criminales.
El Gobierno "está ciego y sordo" al sufrimiento de las víctimas de su guerra. Muchas de ellas relataron a la periodista que, antes de sus respectivas tragedias, estaban de acuerdo con la estrategia antinarco del Gobierno, con cazar a los criminales. "Pero no así", añadían.
Hay otra clase de víctimas, que son a su vez victimarios: una generación de jóvenes sin oportunidades al que el narco tienta y seduce con sus "caramelos" para hacerlos sicarios, señaló.
Una generación "que ve muy fácil matar a otro", que "ha crecido con la impunidad, con la idea de que se puede hacer todo y no hay castigo", describió.