No aguanto más, me dije. Detuve el carro a la orilla del solitario camino. Fui directamente al árbol de ciruelas cuya sombra daba una ilusión de privacidad. Al terminar de orinar, pude apreciar el paisaje. Un cielo de acuarela y la quietud de las lejanas montañas detenían el tiempo. Entonces fue que lo vi. Era un pájaro pequeño, negrito y regordete, de pico plateado, y en su cabeza parecía lucir una boina blanca. Estaba parado en la estaca de una cerca. No era gran cosa, pero me detuve a mirarlo. De pronto, dio un brinco que sí me asombró, pues en el aire ejecutó impecablemente una vuelta de carnero. Seguidamente, se puso a cantar. ¿A quién le cantaba, si aparte del viento, la hierba, el arbolito, el hombre que acababa de orinar y la cerca, sólo había una vaca lejana y sorda a todo lo que no fuese el rumiar de sus mandíbulas? Volvió a dar otra voltereta y a repetir su melodía (me trajo a la mente un verso de Miró: “la flauta de su eglógica garganta”). Quise creer que toda su actuación era para mí. Se lo agradecí mentalmente. Me retiré caminando de puntillas para no distraerlo. Antes de abordar el carro, metí la mano al bolsillo, saqué una moneda de diez centavos y la arrojé al pie de su poste-escenario. Era una manera simbólica de agradecer su malabarismo y su canto. Ni la volteó a ver. Dio otra vuelta carnera en el aire y siguió cantando, dándome su emplumada espalda como toda respuesta.
Como hirió mi tonto orgullo, encendí el motor del carro y continué mi camino sin mirar al ciruelo que dejaba humedecido ni a la rumiante vaca filosófica ni a la sombra ni al viento ni a la hierba y mucho menos al indiferente Pagliacci con sus acrobacias de diez centavos.
Hoy reconozco que en aquella justa de arrogancias, me ganó el pajarito negro, pues él nunca se acordó de mí y mire usted que yo he tenido que recurrir a la literatura para arrancarlo de la eternidad de mi memoria.