La historia de Ornette Coleman es la delicia de cualquier crítico o aficionado del jazz. El saxofonista nace el 9 de marzo de 1930 en Fort Worth, Texas, y desde sus inicios en la música hasta hoy, su actividad artística da mucho que hablar.
El rico anecdotario de Ornette empieza desde su periodo escolar cuando lo expulsan de la banda del colegio por mezclar las marchas de Sousa con líneas de swing, o cuando el grupo de la iglesia le da un “ultimátum” para que no toque más notas “raras” durante las intervenciones de la banda, o peor aún cuando Ornette asiste muy entusiasmado a los “jam sessions”, y los otros músicos recogen sus instrumentos y lo dejan solo, o cuando en una banda ofrecen pagarle, pero que por favor no suene su instrumento, o el grupo de “aficionados” iracundos que lo espera afuera de un club, en donde Ornette había participado, para entonces lincharlo y estrellarle el saxofón en la cabeza.
Se preguntará el lector a qué se debía toda esta reacción tan abiertamente agresiva ante un músico de jazz más, pero aquí está el asunto… Coleman no fue (ni lo es todavía) un músico más. Construyendo sobre las más sólidas bases del bebop, Ornette aporta sus propios conceptos enfrentándose por esto ante situaciones difíciles de creer en algunos casos. (Aquí mismo, en Panamá vivía Ray Fernández, un Ornette panameño, y en las descargas los dueños de los clubes le amenazaban y hasta llamaban a la Policía; Ray se fue a vivir a Francia en 1986). Quizás habría que entender que para la segunda mitad de los años 50 el público y críticos estaban todavía comiendo mucha papaya para ver si digerían la música de Parker y Monk, para que entonces viniera Ornette con un paquete aún más duro.
Después de las radicales innovaciones del bebop, nada parecía indicar que habría espacio para más elementos nuevos hasta que apareció Coleman en escena con nuevas melodías, armonías y formas de improvisar, todo con un estilo áspero y realmente duro de tragar, tanto fue así que hasta los mismos colegas lo repudiaron; sabemos que no es la primera vez, ya Parker y Gillespie habían saboreado el rechazo de un gran sector del mercado jazzístico, pero con todo y esto las generaciones de músicos más recientes de aquel momento los defendían y aprobaban las innovaciones, no fue así con Ornette.
Hay que escucharlo para creerlo; una buena introducción es la producción The Shape of Jazz to Come /1959/Atlantic, con Ornette en el sax alto (un saxo amateur de plástico blanco), Don Cherry en la corneta de bolsillo, Charlie Haden en el contrabajo y Billy Higgins en la batería. El concepto es de una verdadera improvisación, en todo el concepto de la palabra, aunque hay melodías muy definidas y estéticamente interesantes, pero las improvisaciones son libres, esto es, no se improvisa sobre una progresión de acordes, y los acompañamientos del bajo y la batería parecieran cada uno ir por su lado, más aún que con el bebop, situación que en ese entonces (mitad de los 40 en adelante) ya había sido de sobra denunciada por los defensores del swing y la rítmica más o menos cuadrada de éste.
Para 1962, Ornette se retira de la actividad de los clubes, algo así como dejar descansar un motor muy intenso, al mismo tiempo que realiza un inventario de lo que ha hecho y un estimado de lo que vendrá. En los poco más de dos años que dura el “retiro”, Ornette, no satisfecho con el gigantesco revuelo que ya había causado con su forma de tocar el sax alto, aprende (a su manera) a tocar el violín y la trompeta… podemos imaginarnos a qué sonaba todo esto y la esperada reacción de los músicos, la crítica y los aficionados que con los ojos inyectados de sangre volvieron a arremeter contra él.
Uno podría llegar a la conclusión de que a Ornette le gustaba fastidiar, pero no es así. Por más desligado que esté un ser humano de lo que le rodea, él deseará ser estimado por los miembros de la sociedad en que vive, y si no es por todos, por lo menos por una parte; nadie, ni los locos, quiere ser repudiado enteramente, mucho menos el artista que vive y respira la oportunidad de proyectar su visión a un público receptivo.
Pienso que lo de Ornette es una curiosidad sin fin; él busca sonidos frescos, exorcismos nuevos para nuevos tiempos, no una técnica confirmada por una academia aprobada (aunque no le faltó una gran agilidad en el saxofón). Ornette se cansa del formulismo de las progresiones armónicas corrientes y va más allá, aunque la mayoría del tiempo solo… el público y la mayoría de los críticos son tan lentos que arrastran los pies, tienen pereza para esforzarse por alcanzar nuevas cimas que sin duda les servirán de antídoto ante una sociedad cada vez más cruel y sin sentido.
Hasta hoy Ornette no es un músico del “bonche”, de la rosca esa sabrosa que tiene todos los contactos y se reparten los trabajos; que si es necesario “crean” grupos sustitutos con el mismo nombre para llevarse todo el dinero, y por ello, Ornette no encaja porque tiene ideales; una especie en extinción por supuesto (hoy es hasta motivo de burla expresar que tienes ideales), pero cuando eres artista y te mueves solamente por dinero… amigo mío, estás bien muerto.
Discografía recomendada: The Shape of Jazz to Come/ 1959/ Atlantic; Change of the Century/ 1959/ Atlantic; This is Our Music/ 1960/ Atlantic; Free Jazz/ 1960/ Atlantic; At the Golden Circle in Stockholm/ Vol. 1 & 2/ 1965/ Blue Note.