La experiencia ha demostrado que la lectura es la base de un léxico abundante, variado, preciso para expresar una idea, y elegante, decoroso, sencillo, según sean el caso, el interlocutor, el contexto o el tema.
En esa cuenta de “palabras” al portador, constituida por el vocabulario, léxico, jerga, jeringonza, lengua, idioma, idiolecto, sociolecto o dialecto que, por naturaleza y derecho posee cada persona, a veces hay números rojos, casi siempre un déficit y muy pocas veces superávit.
La razón fundamental de esta carencia radica fundamentalmente en la falta de lectura y, más exactamente, en la ausencia de lectura razonada, responsable, que enriquece y alimenta no solo la imaginación y propicia la re-creación de un mundo posible, sino la lectura que obra de manera extraordinariamente concatenada, ofreciéndonos, al mismo tiempo, modelos de corrección, aportes para aumentar el caudal léxico y, con ello, la mayor posibilidad de interpretación, de abstracción y de desdoblamiento de los códigos que el autor nos ofrece.
La función de los medios escritosEn un medio escrito (revistas, periódicos, boletines, etc.), la palabra es, en realidad, la gran señora, aunque a veces (y muchísimas, por cierto) haya otros “señores” y otras “señoras” (en sentido metafórico), que terminan por opacarla y restarle el protagonismo que tiene.
La ortografía es, en este caso, el principal rasgo de su señorío. Sí importa cómo escribirla, porque, de partida, el medio se convierte en un agente multiplicador y, a su vez, hace docencia, y si el error se cuela o persiste, se enraiza y es difícil extirparlo, porque la ortografía entra por los ojos. Pero está, por otro lado, la elección de las palabras para expresar la idea que se quiere transmitir.
En este paso, aspectos como la precisión, el espacio, la contundencia descriptiva de una palabra son elementos que se toman en cuenta.
Sin embargo, esta elección puede estar signada por el prejuicio del “no a las palabras domingueras”, “porque el lector no las podrá entender”, según dicen los jueces del idioma, y gana ventaja la proclividad al lenguaje chabacano o el que peca de llaneza.
Entre una cosa y otra, por supuesto, habrá que buscar el fiel de la balanza.
Nuestras pocas palabrasSi a la falta de lectura se añade que la poca que hay se da exclusivamente en el plano de la trasmisión del mensaje per se y a ultranza, podemos deducir que el progreso es nulo y que la ganancia de vocabulario no se da.
Hoy día, conversar se ha convertido, en muchísimos casos, en un acto “comunicativo” penoso, primero por la intrascendencia de los temas (no me refiero a temas de envergadura filosófica o metafísica, desde luego) y segundo por que, a poco de iniciado el diálogo, uno se da cuenta de que, cual emotivo homenajeado, nuestro interlocutor se queda “literalmente”, sin palabras y echa mano del “cajón de sastre” que es su conversación y termina rematándonos con frases hechas ya deshechas en las que, con toda probabilidad, las revesinas (palabras invertidas: laopé), los populismos más crudos y hasta las obscenidades saldrán a relucir como parte de esa “enorme” e “interesante” cuenta de vocabulario que posee.
El diccionario, el gran amigoQueda una tarea por realizar con los estudiantes y con los jóvenes en general. Hacerlos amigos o clientes frecuentes del diccionario. Pero antes, amigos de la lectura consciente, detenida, pausada. Conviene enseñarles métodos de lectura, para saborearla, comentarla, enriquecerla y “reconstruirla”; pero también para que la lectura nos deje algo más que un argumento y unos bien logrados personajes; para que la lectura nos deje palabras significativas con acepciones que haremos nuestras y escrituras que fijaremos en nuestro cerebro; para que podamos generar ideas a partir de las ideas encontradas. No pasemos sobre las palabras cuyo significado desconocemos. Desentrañémoslas y apoderémonos de su esencia, su significado, su escritura, su connotación y su denotación, sus matices, sus implicaciones y su fealdad o su belleza, su majestuosidad o su simplicidad.
El mundo de los seres humanos está hecho de palabras. Son ellas las que potencian la imaginación y hablan de la realidad.