Hay cosas infaltables en diciembre, y para cada persona esa lista esencial cambia por muchas razones. El hogar es el principal factor de cambio: por lo general, de adultos añoramos las Navidades de la infancia; alguien, sin embargo, querrá olvidarlas, pero se mantiene la causa de ese subjetivismo.
Por ejemplo, hay quienes dicen que sin olor de pino no hay Navidad. En lo particular, no asocio los abetos con “mi” Navidad; al contrario, siempre he considerado como un absurdo que un país alabado por su verdor importe esos pináceos, cuando tantos arbustos nuestros, cultivados en pote si se quiere, podrían desempeñar muy bien el oficio de sostener la estrella, las bolas y las lucecitas, sin tener que sacrificarlos.
En cambio, sí relaciono la fiesta con los pesebres iluminados, con el olor particular de los juguetes, con las cenas tarde en la noche y con aquellas brisas del norte aromadas de sol que ahora no se dejan sentir a tiempo. Cuestión de gustos. Pero hay ciertos signos comunes a la gran mayoría, y que transmiten con especial claridad el cúmulo de sentimientos que caracterizan cada diciembre. La música, por ejemplo.
Hay melodías características; mucho antes de diciembre (ahora la voracidad comercial anticipa tanto este inicio de temporada que no es raro escucharlas hasta en septiembre) comenzamos a escuchar a Marco Antonio Solís, abriendo camino: “Otro año ya se ha ido/ cuántas cosas han pasado,/ algo hemos aprendido/ y algo hemos olvidado…” No muy lejos sonará una melodía de Luis Aguilé que es una auténtica arma blanca lanzada al corazón: “Tú, que esta noche no puedes/dejar de recordar,/ quiero que sepas, que aquí en mi mesa,/ para ti tengo un lugar.”
Detrás de esta avanzada, aglomerados y reclamando espacio, comienzan a tocarse los clásicos: “We wish you a Merry Christmas” (me imagino que conoces el cuento del pícaro que desliza al oído de su amiga la pregunta: “¿Quieres que te toque el ‘We wish you’ esta Nochebuena?”... Ah, te lo sabes, así que no sigo), el Burrito Sabanero, los temas del Gran Combo y, por supuesto, los villancicos y los éxitos que se estrenan anualmente. Todo eso es apenas una muestra del complejo mosaico cultural que, en contexto, conforma la Navidad panameña.
Hoy, pasadas 48 horas de la conmemoración del nacimiento de Cristo, ya nos abocamos a otro momento trascendental, por el que se nos convida a brindar, con los célebres y sentidos versos de Guillermo Aguirre Fierro, “por el año que comienza/ porque nos traiga ensueños,/ porque no sea su equipaje un cúmulo/ de amargos desconsuelos”, o bien se prefieren para tal fin los de Crescencio Salcedo, igual de célebres, aunque más profanos: “Yo no olvido el año viejo/ porque me ha dejao cosas muy buenas/ me dejó una chiva, una burra negra/ una yegua blanca y una buena suegra.”
Después vendrán los deseos y los compromisos para el nuevo año: hacer dieta, dejar el cigarrillo, obtener el diploma, o terminar esa novela sobre la invasión cuyas primeras seis páginas fueron escritas en el 90, etcétera.
Yo no pido tanto, me basta la oportunidad de seguir llegando a este rincón y entablar nuevos diálogos contigo; contar muchas noticias buenas sacadas de la red de palabras, y dejar de lamentar que nuestros locutores digan “lo que es” o “pues” cada diez palabras, que los que siguen diciendo “mas sin embargo” entiendan que redundan, que leamos más literatura panameña, que surjan más Cuentos D, que… basta, muy cerca se escuchan las letras de Oswaldo Oropeza, advirtiéndonos: “Faltan cinco pa’ las doce, el año va a terminar...”
Que la palabra (las bendiciones y la prosperidad)
te acompañen en el 2010.