Eran las 9: 30 de una caliente noche de verano en Wudaokou, distrito ubicado al noroeste de Beijing.
Mi destino era la Boletería Principal de Beijing, y mi esperanza era ser uno de los casi 820 mil beneficiados con la cuarta y última fase de venta de tiquetes al público para presenciar alguno de los eventos olímpicos. El tiquete más barato costaba 40 yuanes (5.85 dólares) y el más caro se acercaba a los 500 yuanes (casi 73 dólares). Y por supuesto, el más apetecido era para presenciar la majestuosa apertura de los Juegos Olímpicos, que observamos ayer.
Esta última fase iniciaba el 25 de julio a las 9:00 de la mañana, y la compra únicamente se podría realizar directamente en las boleterías de algunas de las sedes olímpicas de Beijing, Shanghai, Tianjin, Shenyang y Qinhuangdao (estas últimas cuatro son sedes sólo para fútbol). En esta ocasión, solamente se permitirían comprar dos tiquetes por persona y para un único evento.
Supuse que la fila sería grande, pero que definitivamente conseguiría mi tiquete. Esperaba que una hora después de que abrieran las boleterías, ya iría rumbo a mi casa a descansar después de haber pasado una larga noche en vela.
Sin embargo, mi sorpresa fue grande cuando me topé con un mar de gente y una fila interminable. Algunas personas llevaron cobijas, almohadas, tiendas para acampar, hasta catres. Tampoco se me pueden olvidar las cartas, el ajedrez chino (Xiangqi) y un sinnúmero de snacks, como las patas de pollo, las semillas de girasol, la carne seca y el tofu. Todos los chinos sabían que la espera iba a ser mucho más larga de lo que yo imaginaba.
Con una mezcla de asombro y resignación, me dirigí hacia donde una de las miles de voluntarias olímpicas que buscan facilitarle la vida a los visitantes. Y en un inglés muy malo, que posteriormente cambiamos por mi chino de niño de 10 años, me dijo que ya para ese momento se encontraban, en la gran plaza habilitada para la espera, alrededor de 40 mil personas en fila. Además, me comentaba que para el día siguiente no encontraría tiquetes, ya que sólo se venderían 32 mil, pero que para pasado mañana, es decir, 48 horas después, seguramente encontraría alguno.
Al escuchar esto, sólo me pude reír y pensar en la pobre gente que permanecerá bajo el sol y a la intemperie esperando conseguir un par de tiquetes. ¿Valdrá la pena tanta espera por un evento olímpico? Parece ser que para miles de personas sí. Y más bien miran la experiencia como una posible anécdota olímpica que le contarán a sus hijos, novias y amigos cuando recuerden aquel caluroso verano pekinés del 2008.