A un costado del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid —donde estudiábamos— quedaba el Café Rigoletto, decorado con carteles modernos y antiguos de las óperas de Verdi, el único compositor tolerado. A cualquier hora la música de Verdi ocupaba el más remoto rincón acústico del Rigoletto. Aquel día nos recibió el grito agudo y desgarrador de una mujer agonizante: «Gran Dio! Morir sì giovane», (¡Dios mío! Morir tan joven), la escena final de 'La Traviata', la muerte de Violeta. «Ah, dunque fu delirio la credula speranza» (Fue entonces un delirio mi crédula esperanza), salía el lamento de Violeta por unos altavoces negros como su congoja.
Desde aquella primera vez que entramos al Rigoletto, el lugar se convirtió en punto de reunión. Aquí nos buscábamos a cualquier hora del día. El camarero, al que todos llamaban Paco Piojo y del que nunca supimos el nombre verdadero, cuando nos veía entrar nos ponía una caña de cerveza con algún aperitivo que consistía de aceitunas, cacahuetes, un boquerón frito o a la vinagreta. Paco Piojo no nos ofrecía aperitivos porque dejáramos alguna moneda para la propina que se repartían todos los camareros al final del mes, sino porque le caíamos bien. Él sabía perfectamente que aparte de estudiantes éramos músicos y en su imaginación incauta de currante, intuía que de persistir nosotros en aquella profesión bohemia, seríamos invariablemente pobres. El espéculo moderno de los goliardos medievales: educados, errabundos y carentes.
Como muchos otros españoles (sobre todo los 'más mayores' como diría él) Paco Piojo se expresaba con la arraigada inocencia de los pleonasmos: «baja para abajo, sal para afuera» y cuando el razonamiento lo traicionaba por falta de argumentos en su discurso forzado y parco, su célebre «esta es mi opinión personal».
Creo que en el fondo Paco Piojo se identificaba con nosotros porque siempre quiso ser músico, pero no músico académico sino músico de guitarra en mano, palmas, cante, rumbas y juergas, que era lo que a él le gustaba. Rumbas como las que cantaban Los Chichos o Los Chunguitos en aquella época. Cuando Paco Piojo limpiaba las mesas del Rigoletto se le escuchaba murmurar absorto y fingiendo un acento caló: «Dame veneno que quiero morir, dame veneno; que prefiero la muerte que vivir contigo, dame veneno», haciéndole un contrapunto politonal —aunque involuntario— a las arias de Verdi, pero de ésto él jamás se dio cuenta.
Y así eran los días y las noches en el Rigoletto, Paco Piojo bajito, por sevillanas: «Soy libre como el viento, amante de la libertad…» y Verdi, a todo pulmón: «lagrima, bacio, sguardo, sacrificio ed onor».
*(Compositor y guitarrista)