Los panameños tenemos antepasados originarios de todos los continentes y nos vamos mezclando hasta constituir una masa abigarrada étnicamente inclasificable, centroamericana por la geografía, caribeña por las costumbres y suramericana por el vocabulario.
Nuestra actual frontera con Costa Rica fue por mucho tiempo la línea divisoria de los virreinatos del Perú primero y de Nueva Granada después con el de Nueva España; por eso hoy es el límite sur de muchas palabras de origen náhuatl como zacate, zopilote o metate y el límite norte de muchas palabras de origen quechua como vincha, poroto, tambo o carache. Claro que hay alguna que otra excepción, pues decimos, por ejemplo, aguacate como en Méjico y no palta como en Perú o Argentina. También decimos cabuya y ají, que proceden del Caribe, mientras que sus sinónimos mejicanos mecate y chile se oyen desde Costa Rica hasta Estados Unidos. Además usamos otros antillanismos como bejuco o bohío.
El intercambio léxico entre España y América lo ha sido siempre en ambas direcciones y palabras tan americanas como papas (en lugar del cultismo patatas), naguas, cacique, hule, hamaca, butaca, bujío (vulgarismo por bohío), cancha, chapapote y muchas más se oyen comúnmente en los pueblos españoles, aunque no tanto en las ciudades.
Francisco Moreno Mejías. iconoclasta@cableonda.net De su libro La herramienta más usada.