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Palabras y sombreros


(Mensaje liminar: dice el doctor Ansín con mucha razón –Panamá América, opinión, domingo 30 de enero– que somos prisioneros de las palabras. En mi artículo “Disculpe, ¿cómo dijo?”, incluyo como “italianismo” el concepto “film noir”; no es que ahora necesite intérpretes, pero cuando edité el texto, la línea quedó así (¡auch!). Lo que deseaba era hacer énfasis en que se le atribuye a un crítico italiano de cine –Nino Frank– la acuñación de la frase, que etimológicamente nos conduce enseguida al francés. Excusez-moi…)

Volvamos a la columna, como diría una termita. El 12 de enero, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, expresó un trascendental mensaje en la Universidad de Tucson, Arizona, con el fin de homenajear a las víctimas de un letal atentado ocurrido en la ciudad cuatro días antes. El sangriento hecho se produjo en un marco de confrontación partidaria por temas como la inmigración y la administración pública.

La palabra de Obama llegaba tras otras manifestaciones de corte partidario, cuya intención era lanzar la culpa sobre cabezas ajenas. Es decir, el mandatario hablaba en un contexto inflamable; si encendía otra chispa, aquello volaría nuevamente.

 

Las palabras del vocabulario son finitas, pero infinito parece el número de sombreros con que podemos dotarlas. Hablo de matices. Para mí, Obama expuso un modelo de pronunciamiento, que reivindicó la importancia de la palabra en situaciones de crisis, y pudo encarrilar las pasiones, aunque fuese momentáneamente.

En el discurso “Crecemos juntos: Tucson y Estados Unidos”, hay dos ejes fundamentales: mediar y convocar. Obama apeló a los sentimientos más humanos, refiriéndose a las víctimas no como tales, sino como personas con nombre, actuando por el bien del prójimo o con esperanza de hacerlo, en el caso de los jóvenes. No señaló culpables, pero pidió que cada uno erradicase de sí la raíz del mal, curando antes que hiriendo, y apeló a la luz del Altísimo en esa hora oscura.

¿Intención política? No lo dudo; pero, un momento. Si la palabra está devaluada hoy, nadie más responsable de eso que los propios políticos, muchas de cuyas conductas hacen que sea difícil no verla bajo un sombrero dubitativo, poco digno de fe, capaz de cambiar de color como un camaleón, para disfrazar la verdad o al portador. La palabra es inocente.

 

“Política” surge de la raíz griega “polis” (ciudad), y entró a nuestra lengua desde temprano. El “Dictionario hispano latino” (Antonio de Nebrija, 1495) la recoge con la acepción: “Cosas de ciudad”. Hoy, en los diccionarios, sigue siendo el “arte, doctrina u opinión referente al gobierno de los Estados”. Ser “político”, entonces, debe ser honor, no vilipendio; pero pesa el sombrero.

Sí, la de Obama es palabra de político, y en el correcto sentido del término esto debería ser blasón, no baldón. El problema, no se puede negar, es que pocos políticos se interesan en no causar más agravios al término.

Junto a su verbo, otras cualidades adornan al buen político, encaminándolo hacia el ser estadista, estadio superior donde la conducción del Estado le ganará la distinción de las presentes y futuras generaciones. Cito algunas: enlazar la acción con la palabra, sin contradecirse; ser conductor de naciones, no de facciones; conciliar, no incendiar; hacer respetar la ley, respetándola; actuar con visión de futuro; promover el crecimiento social integral rechazando conductas opuestas y, algo que parece difícil: ser humano, parecer humano, apreciar lo humano.

 

Ser político no denigra, ser mal político sí; un discurso no hace buenos políticos –menos estadistas– pero si es sincero lo logra. ¡Qué sombrero el de las palabras!

Que la palabra te acompañe.


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649733
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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