En el lugar donde dos inmensos océanos se tocan y donde el paso telúrico está abierto para acortar las distancias entre todos los puntos del planeta, hay una nación que expresa su ser y dice de sí para sí y para los demás, lo que ha sido, es y aspira.
En esta delgadez hemos hecho nuestra historia; aquí está el hilo conductor de nuestros caminos y la angosta cintura donde hemos vivido, en un istmo estrecho de escasos setenta y cinco mil kilómetros cuadrados.
Somos algo más de tres millones de panameños, hijos de la fugacidad, del paso, de las huellas y la babosidad. Y también nietos y biznietos de las olas, los buques, los atracaderos y siempre más allá de los sueños cauterizados por terribles pesadillas.
La historia de este conglomerado a orillas de las aguas, pluriétnico, multicultural, mezcla profunda de piel, sueños, sal, lluvia y de una identidad hija de las policromías y las polivalencias, nos dice que en nuestra tierra tan ligada al tránsito perenne, a los viajeros y a tantos buques de infinitas banderas, ocurrió nuestra existencia.
Zurcida a los mares, en la selva húmeda, la sabana pacífica, la cordillera sin desmesuradas alturas, en el litoral caribe intenso y aún por ser desplegado y vuelto a descubrir para el mundo, en belleza, hechizos y futuro.
En esta delgada geografía, tendríamos que responder a la básica, elemental y legítima pregunta: ¿Quiénes son ustedes?
La historia tiene la palabra, digo, para intentar contestar sobre lo que fuimos y para saber por qué hoy tenemos la esperanza centelleante de construir lo que seremos en los años que vendrán.
Panamá, el país-árbol, pez o mariposa, como se identifica el nombre de lo que es la patria panameña y cada uno de sus amaneceres, es el sitio donde estamos y podemos vernos de cuerpo entero.
En ese tránsito perenne que se inició tan lejos como unos once mil años, -y sin escritura- hasta el presente, pasando por el recientísimo hecho de poseer, en términos de soberanía e independencia, el territorio ístmico, cuando Panamá recibió el Canal hace casi una década, un 31 de diciembre de 1999, su entorno cautivo de unos siete mil kilómetros cuadrados y se integró por primera vez todo el territorio nacional.
El ombligo de nuestro ser, de la madre donde nacimos, es ahora nuestro.
La mirada al pasado doloroso, a las usurpaciones, se torna ahora en una mirada hacia nuestro futuro; pero no puede ser una mirada con los ojos vacíos.
Las nuevas generaciones tienen que saber cómo se formó la nación, cómo supo defenderse y cómo no pereció en la paradoja de ser ella misma, de todos y de nadie.
Ello significa recurrir a la memoria, porque por ella, sobre ella y ante ella, sabremos con precisión cada rasgo de nuestra identidad, de lo que somos, como cuando un cuerpo se pregunta cómo y de qué manera está animado por un alma y exige verla con sus propios ojos.
La mejor noticia es que ese mundo que pasó por nuestras entrañas, que casi no nos vio al pasar, que usó esta tierra para la codicia y la dominación, nos imaginó sólo como un paso y una fugacidad.
Pero, a pesar de los pesares, hubo una gestación; hubo, hay y habrá aquí, en uno de los epicentros del universo, una nación amada, con sus ojos múltiples, sus hijos multicolores y sus madres trayéndolos a la vida con su sangre legítima, como la suma de muchas sangres.
Es decir, nuestro ser nacional, plural; suma del viento, de la espuma del mar, el coraje, la pluviselva, y la delgadez de un istmo que conquistará un día su felicidad y tiene que reconocerse para poder construir su destino y no extraviarse en los laberintos y en las torceduras de un país de historia difusa y aún desconocida por generaciones.
Memoria e identidad tiene que ser un núcleo esencial de conocimiento de todo panameño. Tenemos que saber quiénes somos para saber hacia dónde vamos.
Doloroso es que no tengamos estima por nuestros propios éxitos históricos, por desconocerlos o porque no nos lo enseñan.
Triste es que no sepamos cómo nació la república y que expresemos un balbuceo de dudas cuando nos preguntan por nuestros héroes o por qué nuestra bandera tiene los colores que tiene.
Es un deber procurarle a nuestra sociedad los datos, perfiles, hechos y circunstancias sobre su propio andar, para que crezca la conciencia de sí.
No basta crecer y construir edificios para tocar el cielo. Sin identidad y sin memoria no somos más que una aglomeración, no una nación educada y culta.
Todo la acumulación de nuestra cultura no puede quedar atrapada en la indiferencia, en la polilla que perforó el árbol, el arpón que asesinó al pez o la flama que quemó la mariposa. Panamá es, por mucho, un pueblo y una geografía, digna de la luz y de la aurora.