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Panamá, el viejo crisol

En la parroquia Don Bosco éramos de todos lados. Sor Cristina de Nicaragua, dulce; sor Claudia, muy blanca, de Costa Rica; el padre Giorgio de Italia, y el padre Wagner, alemán.


Cuando yo era chico, formaba parte de una realidad multirracial muy concreta: el crisol de razas. Panamá presumía de ello. En la escuela primaria Don Bosco, en mi salón, había griegos, españoles, chinos, italianos, cubanos y teníamos un aula llamada “Soldatti” y correteábamos por aquel inmenso patio, chombos, fulos, cholos e indios. En los Scouts —allí mismo— en los que la raza o el credo no son motivos de exclusión, teníamos a “Noche” (negro darienita), a “Guarumo” (negro de “habla inglesa”, como decía mi abuela), un “Nica”, unos chiricanos, un herrerano y hasta un par de protestantes.

Ya en secundaria, en el Técnico Don Bosco, di con varios judíos, un francés, un chilibreño (así le decíamos), un santeño bien orgulloso de su tierra, con un guna (“Machí”, de cariño) y hasta con un coreano (que me ofreció opio) y con un excelente jugador de básquet que vivía en la Boca Town. Crisol de razas.

En el Instituto Comercial Panamá, me encontré con chinos (uno de ellos un gran amigo), un medio indio de la India (tiene raíces allá y también buen amigo), una rubia mormona, una blanquita con apellido árabe, con un actual diputado (fulito él) y con mi primer amor imposible de apellido gallego.

En Calle S, en la Cuchilla de Calidonia, comprábamos en la tienda del “chino Manzanero”. Le llamaban así porque se parecía a Armando Manzanero (mexicano célebre y típico —léase con sarcasmo— sobre todo si lo comparamos con Carlos Fuentes, panameño accidental). Teníamos allí: un fulo y una fula, una fula que primero fue fulo, varios capireños, nicas peluqueros, jamaiquinos de Logia y ceremonias misteriosas, y colombianos que vendían las mejores frituras de la capital. Colonenses negros y blancos, trigueños, españoles zapateros, gallegos con mueblerías, cubanos exiliados, argentinos, ticos y dominicanos y varios chombo-blancos. Crisol y familia, donde más o menos estábamos al corriente de las miserias del otro.

En los cuartos de las viejas casas de madera de mi calle, vivían todas estas historias que se cruzaban. En las casas de cemento, otras historias se cruzaban con aquellas. A la hora del juego o del amor, las razas no importaban nada ni las maneras hablar ni las nacionalidades. Los acentos subrayaban una riqueza con la que no contábamos.

Al negro José, mecánico, siempre le decíamos “mi negro” (qué sopá, mi negro) y chocábamos su mano, negras como las de Ivett y Jessica que a la fula le hacían moñitos porque le gustaba el pelo chombo. Crisol de razas, puro panameño.

Pasaba por delante de Osvaldo, un carnicero al que me gustaba mirar cuando cortaba la carne, qué pericia, y tenía cara entre chino y cholo. “Cholo”, en mi calle, nieto de la señora Carmen, era bien mezquino. “El Cholo” Durán, campeón y leyenda; y mis vecinos el señor Dennis y la señora Vicky vivían, eso me parecía, una segunda oportunidad juntos: él, negro; ella, trigueña con pelo chombo y hablando en inglés, el que la señora Eva, de ascendientes franceses, negra, hablaba con mi abuelita, trigueña, de padre blanco, y cuya hermana, Paula, cinéfila empedernida, estaba casada con Salvador, un italiano que era pescador.

En la parroquia Don Bosco éramos de todos lados. Sor Cristina de Nicaragua, dulce; sor Claudia, muy blanca, de Costa Rica; el padre Giorgio (Topo Gigio le decíamos en secreto) de Italia, y el padre Wagner, alemán. Don Bosco, el santo patrono de muchos panameños, es de acá, de Europa, italiano. Crisol de razas, familia, fe, cultura.

Detesto las geografías humanas que ponen fronteras y convierten en accidentes geográficos mortales nuestra convivencia. Prefiero valles para reposar y montañas para conquistar juntos, mares que descubrir, mares de amistad, penínsulas de encuentro, cabos que doblar junto a los amigos y sus acentos sabrosos.

No quiero geografías humanas que agrupan por banderas y por etnias, quiero un atlas de colores desplegado en la mesa del alma donde nos podamos mover de aquí para allá con respeto a cada suelo que se pisa, porque allí, la sangre de los mártires mezclada con el llanto de las madres de todos los países y de todos los tiempos, lo hace sagrado.

Quiero una bandera, la de la paz, allí donde vaya, y que al arribar por el Mar de la Tranquilidad, lunático y terrestre, en los blancos bajeles de Rafael Alberti, tengamos puesta, para comer juntos, la mesa de la concordia.


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936188
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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