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Panamá forever

Llevo la ciudad en los recovecos de mi mente de Pantalones largos La ciudad se entrega si la buscas con fervor, si


Llevo la ciudad en los recovecos de mi mente de Pantalones largos

La ciudad se entrega si la buscas con fervor, si la reclamas con dulzura. Tentado estoy a decir que igual pasa con las mujeres, pero no sería justo. Ni hombres ni mujeres reciprocan el cariño con tanta justicia y candor como la ciudad. Las ciudades del pasado son vulnerables al requerimiento del recuerdo. No hay que perseguirlas con tanto ahínco; coquetas, se abren a tu propuesta de calle en calle. Sigo creyendo en algo que aseguré hace años: dentro de cada ciudad hay otras ciudades, las que ya pasaron, las que fueron; allí están, acurrucadas unas dentro de otras, como colección de muñequitas rusas. Así pasará con la Panamá de hoy, mañana se acurrucará en la Panamá por venir. Siempre habrá quien, al evocarla con nostalgia, la reaparezca con el mismo pálpito que la vivió. Existe un poder superior que se concede a ciertos escritores cuando, por haberlas habitado con fervor, son capaces de rehacer su ciudad con increíble fidelidad; consiguen despejar de entre las anchas avenidas y los altos edificios su bonachona vetustez. El escritor, pluma en ristre, sin necesidad de picos ni palas, ni cemento ni palaustre, la reedifica con fidelidad y logra insertar en blancas páginas sus olores. Por la celeste magia literaria, se vuelven a corear las canciones preferidas de desaparecidas gargantas; se renuevan picantes bochinches y nos sorprende el reprise maravilloso de los diálogos y la reflexión de sus mejores hombres.

Usted puede hacerlo con sus recuerdos. Por mi parte diré que no tengo que esforzarme para dar un paseo por la ciudad de Panamá de aquellos años. Después de todo es la ciudad que más he vivido. Y vivir significa recordar, banco de memoria como se dice en estos días.

«¡Parada!», grito al busero de la remembranza y enseguida detiene su caliginoso vehículo. Me deja exactamente en cualquiera de los increíbles recovecos de mi ciudad.

Podría escribir capítulos enteros sobre estos sitios. Por ejemplo, El callejón de los meaos, cerca de la Presidencia donde, a la salida del colegio La Salle, dirimíamos diferencias. Era, como quien dice, un maloliente campo del honor donde en vez de sable o pistola el duelo era a trompadas; puro mongo, sin armas, solo puños, coraje y la obediencia a la frase sacramental que mencioné antes: «no te quedes pegado».


fecha edicion
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950975
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América