Cada vez que aparece un caballo nacional con cualidades que lindan lo fenomenal, los hípicos renovamos nuestra capacidad de soñar y, aunque no tengamos participación accionaria en él, lo sentimos como si fuera nuestro.
Hacía varios años que no sentíamos esa simpatía general y esas vibraciones positivas con un producto nativo, hasta que irrumpió en la escena un potro que hasta el nombre lo tiene bien puesto: Voy Porque Voy.
El brillante ganador de la triple corona nacional –el número 14 de todos los tiempos– dejó claro el domingo, cuando ganó el Clásico Carlos y Fernando Eleta A., que está para retos superiores.
Es el típico caballo campeón: corre lo justo, lucha lo suficiente y se esfuerza lo necesario.
La historia ha demostrado que los atletas (y los caballos no son la excepción) generalmente compiten contra ellos mismos. Sus victorias, sus hazañas y, hasta sus derrotas, se deben más a ellos que a sus rivales.
Sin exagerar –porque no es nuestra costumbre–, creemos que estamos ante un caballo que todavía no lo ha dado todo. Cuando tenga una competencia real, entonces lo veremos explotar, porque Voy Porque Voy es bastante parecido a su padre, El Catedrático, en el sentido de que se acomoda según el ritmo de la competencia.
Ojalá todo marche bien hasta el día del Clásico Internacional del Caribe, cuando esperamos sorprender a los venezolanos, quienes ignoran que dentro de la nave que aterrizará hoy miércoles en Caracas, además de varios caballos buenos, Panamá lleva un avión que proviene de la línea de El Catedrático; Rubén Orillac lo engrasará para los colores de Isaac Tawachi y lo pilotará Luis Arango. ¿Que cómo se llama?, tan sencillo como suena: Voy Porque Voy.