Por tercera vez en los últimos cinco años, Panamá se ha visto forzado a salir al paso para que la Serie Hípica del Caribe no desfallezca.
En 2011 hicimos de anfitrión, luego de ser escogidos por la asamblea general de la Confederación Hípica del Caribe para tal fin. Dos temporadas después, México dejó plantados a los potenciales invitados y anunció que no podría llevar la carga; una vez más, Panamá salió al rescate y cedió su casa para celebrar la fiesta hípica más importante de la región. En ambas oportunidades nos dieron hasta como el banquillo, deportivamente hablando.
Ahora, en 2015, la República Dominicana, que había sido seleccionada para realizar la serie, anunció hace un par de meses que no estaba en condiciones de celebrar los cinco eventos que se efectúan anualmente durante todo un fin de semana y, una vez más, nuestro país quedó como el escenario ideal.
Muchos se preguntan por qué Panamá sale a cada momento como "apagafuego" de la Confederación Hípica del Caribe.
La respuesta es sencilla. Hace más de cuatro años, nuestro país fue escogido como "sede alterna permanente" de la Serie del Caribe. ¿Y cómo se come eso?
Esto quiere decir que cada vez que alguno de los países de la Confederación Hípica del Caribe que sea escogido como organizador se vea en la necesidad de renunciar a ese rol, Panamá asume el compromiso en su calidad "sede alterna permanente".
Para sustentar financieramente esta responsabilidad, la Asamblea Nacional aprobó la Ley 71 de 6 de septiembre 2011, que modificó un artículo del Decreto Ley 2 de 1998, mediante el cual se reestructura la Junta de Control de Juegos. En la parte pertinente se aprobó que "a partir del 1 de enero de 2012, el Estado, por conducto del Órgano Ejecutivo, destinará quinientos mil balboas (B/500,000.00) para coadyuvar a los gastos de celebración del clásico Internacional del Caribe, en el evento de que dicho certamen tenga como sede la República de Panamá".
De esa manera, el Estado panameño le dio un nuevo espaldarazo a la hípica y a la empresa que administra las operaciones del único hipódromo existente en el país. Los dueños de caballos, los criadores y, en menos intensidad, los aficionados, se regocijan con esta decisión, pero habría que verificar las repercusiones o beneficios globales que este papel de "bateador emergente" nos ha dejado.
Que hagamos el clásico aquí siempre será una buena noticia. Que nos visiten las delegaciones, gasten algo de dinero por algunos días en nuestro medio y que seamos, una y otra vez, testigos de este espectáculo colorido y competitivo, también es bueno. Lo que no logramos percibir son los beneficios ulteriores.
Series del Caribe en Panamá van y vienen, pero tras el fin de semana del holgorio, no queda nada. La hípica vuelve al anonimato, al rincón de las 72 hectáreas que albergan sus instalaciones en Juan Díaz y ya.
Eso es prueba de que no hay una estrategia bien estructurada para que el espectáculo como tal obtenga réditos que se extiendan en el tiempo y pongan a las carreras de caballos por mayor tiempo dentro del imaginario de la opinión pública.
Hagamos la fiesta, gocémosla; pero sobre todo, propongámonos la tarea de que al final nos quede algo más allá de la goma.
Sobre eso hay que trabajar, o mejor “gastemos” la plata en algo más urgente, como asegurar el futuro de los pagos de premios a las carreras ordinarias.