Para apreciar el esplendor de la ciudad, hay que hacerlo desde arriba. Mar, calles, avenidas y arquitectura ya no se pueden disfrutar a pie -como antes- porque la metrópoli está volando.
Sobrevolar la capital causa una sensación agridulce. Por un lado, el espectador se impresiona ante esta postal citadina que anuncia que todo ha cambiado y, por el otro, se constata que quienes compran los nuevos apartamentos, además de piscina y área social, llevan el paisaje incluido, mientras que el resto de los mortales debe aprovechar los pequeños intersticios que sobran para usarlos como ventanas para apreciar el mar.
Aunque parezcan invisibles, las murallas siguen allí. No importa desde qué ángulo lo veamos. Antes le decían desarrollo, ahora le llaman crecimiento, pero el final es el mismo: Estas delicias no las saborean todo el mundo.