Cuando a la profesora de una de mis nietas se le ocurrió la singular idea de que escribiera sobre su corta vida, estuve a punto de hablarle de mi libro Pantalones cortos (que además se lo dediqué), y que yace en alguno de sus cajones, invicto, inleído. No la culpo, hasta yo lo tenía olvidado. Hoy lo abrí y comencé a releerlo. Me encontré con esto:
Este libro nació porque siendo requete abuelo se me ocurrió abrir de par en par las puertas al pasado. Y el pasado entró como Pedro por su casa.
«¡Bienvenido, ayer! Te transformaré en literatura», le dije. Ni se inmutó. Cumplí mi palabra. Aquí está: ciento treinta y pico de páginas en las que exhibo curiosos frescos de mi vida, enmarcados con el rococó de la fantasía.
¿Por qué fantasía si es autobiográfico? ¿Por qué no? Si algo he sido, es fantasioso. Para mí la fantasía es tan real como fantástica es la realidad.
Su menudo personaje me cae tan en gracia que, como autor omnipotente, lo saco bien librado con el hechizo literario. Igual Regina Cecilia (Jilma Cecilia en la vida real). ¿Cómo no usar el poder de la fabulación para lijarle asperezas, y sobar y sobar su brioso carácter hasta convertirla en la madre que siempre deseé?
Jilma Cecilia fue una mujer bella, independiente, voluntariosa, mas los años no perdonan: lentamente arrugaron su belleza y convirtieron aquella voluntad de hierro en un curioso ruego: «Por favor, Neco, tráeme toallas blancas, chocolates “Kisses” y guineos maduros».
La verdadera vejez —no la de los años— significa olvido. Tal vez por eso atrapé ansioso esta segunda niñez que vino a mí para que la convirtiera en libro. Seguro que aprovecharé este desentumecimiento de la memoria antes de que el tiempo la perfore.
Cuando escribo no quiero herir. Sin embargo, algunos de mis personajes –cuyo parecido con personas reales no es pura coincidencia– serán ligeramente vapuleados en estas páginas. Siento no poder disculparme. Sería el colmo pedir perdón por relatar la verdad de mi vida.
Mis Pantalones Cortos no pretenden ser lectura ingenua para niños, aunque no hay razón para que ellos no puedan leerlo. Creo que mi intención era mandar un mensaje a mis nietas y a los que vienen detrás, para que vean que los tiempos cambian, pero los sentimientos no.
Ojalá la vida y la memoria me permitan conducir a este pelao hasta la madurez.»