Aquí les doy una declaración de mis creencias. Pero antes que nada, quiero dejar bien claro que respeto las que siguen los habitantes de este planeta. No te obsequiaré una trompetilla ni te aplicaré una doble Nelson por muy extravagante que me parezca lo que tú crees, excepto si te metes con las mías. En vanidosos cerebros cabe la idea de que conocen el universo y el misterio de la vida a base de “verdades científicas”. Lo que no les cabe es la respuesta a ¿qué es el espacio y la eternidad? ¿Habrá alguien por ahí que sepa lo que es eso? Alguien capaz de medir la materia negra que separa los cuerpos celestiales, que unidos todos no llenan ni siquiera el 0.005% del espacio. Me retuerzo de risa al tratar de imaginar los cuatrillones a la enésima potencia de galaxias que andan por ahí perdidas y en expansión, y que en este mundo, tan minúsculo que a un día luz nadie podría vernos ni con el Hubble, un insecto chille de sabiduría.
¿Qué tal si le hubieran prestado a Heráclito un telescopio, uno chiquito, como el del Monte Palomar? Seguro se hubiera reafirmado en sus principios panteístas.
En este mundito tenemos gente para todo: melancólicos y pesados ateos que niegan a Dios sin pestañear; y otros, de pechos enchidos de creencias, que asesinan en su nombre.
No me enrolarán. Soy casi panteísta, pero no de acosmismo, y tampoco creo en una autoconciencia del universo. Me inclino por la partícula elemental y la fuerza de gravitación. ¿Principio? ¿Fin? No soy tan fanático para afirmar ni negar nada. Me acurruco en el nido de la duda. Soy un dudoriento, un dudonante, un dudófilo.
Como sufro de duditis aguditis, y como no soy estudioso de las ciencias duras (¿cuáles serán esas ciencias, las que le rompen la cabeza a las otras ciencias o que le pudren el cerebro al que se atreve con ellas?) creo que expresiones como “Dios no existe”, deberían decirse en voz baja, y en el mejor sitio para eso: el excusado; allí, tranquilito y pacificado por el alivio de los malignos gases, podrás graznar lo que tú crees: «Dios no existe». Pero no lo digas donde te pueda escuchar la gente. No seas tan soberbio y petulante de afirmar a viva voz que eres tan dueño de la inexistencia de Dios que ni siquiera te molestarás en probarla.