“La historia no demuestra, muestra”.
Octavio Paz
Empiezo una breve serie de entrevistas con personajes admirables. El primero: Tito Piedra. Quien me lee, sabe cuánto lo aprecio. Le hago una sola pregunta:
—¿Por que no funcionan las revoluciones?
—Porque nunca fluyeron por el alma de la mayoría. Si una revolución quiere triunfar hoy en el mundo debe ser musical, bipolar y ergonómica. Empezar como todas: el pueblo harto de la podredumbre gobernante, ondeando banderas y coreando consignas. Reunida la multitud en la plaza mayor y los técnicos plantando micrófonos y altoparlantes. Trepados en tarimas improvisadas los líderes hablan. Más que hablar, proclaman, más que proclamar, claman, chillan, aúllan. El pueblo aplaude. Pero hay que darle más espacio. Todos quieren participar no como comparsa sino como actores. Les gusta. Sus líneas deben ser fáciles, pegajosas, contundentes. Por ejemplo: «Pueblo que lucha unido, jamás será molido» Y pueden cambiar la última palabra por “vencido”, por “comido” o "jodido”. Y, lo más importante, avanzar al grito de: «¡Vamos pallá!» «¡Vamos, vamos!» rugirá la masa.
Y aquí viene lo que realmente yo esperaría de una buena revolución. Sacar a patadas al “ancient regime”. A los principales actores del sainete se les pasearía desnudos por el pueblo. Uno que otro escupitajo y chuponazo los hiere. Nada grave. Encerrarlos bajo siete llaves durante tres días. Tres días en los que el pueblo tratará de vivir sin dirigentes. ¡Libres, libres, libres! Ni por un instante permitir que los líderes revolucionarios pongan sus nalgas en los sillones del poder. No, de ninguna manera. Se petrifican como dictadores. Al cuarto día se da cuenta el pueblo de que no es posible tanta libertad. Nos falta madurar. Entonces, deben sacar del cepo o de las hediondas cárceles a los antiguos políticos, no sin antes tatuarles en la frente una sola palabra: “Recuerda”. Sentados en una tribuna ante el pueblo, deben jurar y firmar documentos fraguados por los pensantes de la revolución. Algo así como la Carta Magna a la que obligaron a Juan Sin Tierra. Luego llevarlos de regreso a sus palacios (Presidencial, Legislativo y Corte Suprema).
Instalados nuevamente, calentarán otra vez los puestos por los que tanto lucharon. Pero esta vez se dedicarán a manejar honestamente los bienes públicos, cuyas inversiones deben revertir al pueblo. Cuando se afeiten o pinten los labios, verán en sus espejos la palabra mágica: “Recuerda”. No querrán pasar por la siguiente revolución cuyo castigo sería una nalga marcada con la palabra "Olvidadizo".