A Istmérita, de la Biblioteca Nacional.
Yo fui un niño precoz. Según mi madre, caminé muy temprano, hablé demasiado pronto, y con algo de claridad, tuve una memoria prodigiosa para recordar menudencias; ya no es así, pues ahora mi aparato dedicado a la reminiscencia prefiere el olvido, que es la otra cara del perdón.
Aprendí a leer, mejor decir a decodificar, antes de ir al primer grado, eso me permitió ganarme desde mi más inquieta y descalza y descamisada infancia una curul en la biblioteca de mi comunidad. Ahí ojeaba y ojeaba revistas, enciclopedias, libros, folletos y cada documento que me dejaban tocar las cariñosas bibliotecarias cuyos nombres, duele decirlo, no logro recordar. Dije tocar, en un tiempo en que las bibliotecas eran miradas como una iglesia, donde todo era sagrado y nada tenía que ver con las manos. Mis lecturas de los cuentos de la Biblia, particularmente la de José, el Soñador, me acercaron a los misterios de la fe… y qué decir de los pasquines mexicanos Memín, Kalimán, las historietas tales como “Vidas ejemplares”, “Personajes Históricos”, algunos dioses y héroes de la mitología griega; eran devorados por mi apetito lector. Los cambiaba o los compraba a un real en el quiosco de la calle 26.
El que se me permitiera acceso a ese fuego de las palabras, aun aquellas nuevas, me libró de los fríos silencios y de cierta clase de soledad, más bien aislamiento voluntario que ejercité de muchachito. Además, contaba con la inmensidad de un diccionario pantagruélico, que pulverizaba mi ignorancia. Gran amigo ese artefacto con su “filo lógico”.
Leer sobre la historia, la del mundo y la de la patria, me obsequió el valor de ser solidario, de entender a mi gente entendiendo a la gente de otras geografías. En aquella biblioteca que, siempre recupero del pasado, había cualquier cantidad de la revista La Segunda Guerra Mundial, de donde supe de las atrocidades de aquel evento.
Entre libros ha transcurrido mi vida, las palabras han sido las responsables del acercamiento a mis pocos y siempre amigos, a mis también pocos inmortales amores, a lo que he logrado y lo que espero.
Todas estas circunstancias y lecturas, por gravedad o por inercia, me convirtieron en el hombre que soy, en el aprendiz de escritor que sigo siendo. Si mis servicios han sido de provecho para alguien, alguno, sépase se lo debemos a las humildes bibliotecarias del Centro Amador Guerrero.