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Parada


Darle dos tiros en la cabeza fue fácil. Ya estaba dentro de la pandilla “Los quitatequevoy” y acaba de probar su valía dentro del grupo.

Curiosamente, lo que ahora le asustaba era salir de allí. No del colectivo de narcotraficantes de poca monta y asesinos baratos, sino que lo que le preocupaba era abandonar la escena del crimen. Dejar tendido al rival pandillero con los sesos reventados, empapando el colchón de sangre. Si lo ve otro de “Los duros del barrio” le dan de la misma medicina. Eso era peor que si lo atrapaba la policía. En fin, ese era el riesgo y Fulo lo asumía como varón. Tenía que irse rápido y desaparecer entre los callejones, seguido, por ahora, tan sólo por los ladridos de algunos perros.

Durante varios días, cuando le asignaron la misión de eliminar a Roque, estuvo pensando en cómo sería el asunto. Todavía no había matado a nadie y la verdad es que conocía a su víctima de siempre. Hasta le caía bien. Habían jugado fútbol de pela’os varias veces. Pero bueno, así es la vida, uno crece y toma bando. Por desgracia para Roque, se metió con la pandilla más vieja y el nuevo grupo venía dispuesto a ganar terreno y autoridad. Sólo que el recién fallecido quiso tirárselas de más malo acribillando a uno de los fundadores de la competencia. Guerra es guerra. Y como en cualquier otro conflicto hay intereses y hay quienes pagan los platos rotos.

 

Fulo estuvo a punto de arrepentirse, pero ya sabía mucho y no podía recular. Lo que más le asombra es que no tiene remordimiento. No se conocía ese lado tan duro y frío. Lástima que Roque no estaba solo y la guialcita que lo acompañaba también tuvo que recibir dos balazos suyos, para que no hablara. Ni modo. ¡Qué cagada! La idea era matar a uno, no a dos, y menos a alguien que seguramente no tenía nada que ver. Pero ni modo, el daño estaba hecho. Además, quién la manda a dejarse levantar por tipos como Roque. Bien que sabía en los enredos que el capo ese andaba. Mala suerte que estaba con él en ese momento y mala leche la de él que tuvo que eliminarla. Lo bueno es que por ella se ganaría más respeto dentro de la banda.

Los ladridos se han apagado. Llegó a la avenida principal. Van a ser las doce de la noche. El plan ahora es irse a casa de su primo y quedarse allá unas semanas. Ojalá que a ningún hijo de puta se le ocurra confesar que fue él el elegido para aquella tarea de venganza. Coño, tiene la conciencia tranquila y el corazón inquieto. Le teme al desquite. Está asustado y el repentino frío de la noche no ayuda a serenarlo.

Por suerte allí viene un bus. Lo para y sube. Va hasta el final del pasillo con la cabeza gacha y los hombros algo alzados y la visera de la gorra tapándole los ojos. Ni siquiera mira a los lados. No quiere que nadie lo reconozca. Lleva la pistola en los bolsillos anchos del pantalón, bien agarrada, por si acaso. Ojalá nadie se meta con él. Todavía tiene un par de proyectiles y está dispuesto a dispararlos. Los últimos puestos están libres. Escoge el de la derecha y baja la ventana. También por si acaso… En un par de minutos llegará a salvo a su guarida.

 

La tía no sabe a lo que va, aunque lo sospecha, como toda la familia que no quiere terminar de aceptar en lo que él y su primo andan metidos. Algunos se hacen los tontos y otros los ciegos cuando ven un buen fajo de billetes que de seguro no se ganaba antes ni se los iba a ganar de bien cuida´o ni trabajando en el lavaauto. Allí, limpiando y viendo por dentro los carrazos que tenían capos como El Papi, Dandy Man, Fulo y otros, fue donde terminó de convencerse de que ser pandillero lo sacaría de tanta miseria. La vida era una y había que gozarla, aunque te murieras joven, como le pasó al Dandy y al Fulo. El primero fallecido en un tiroteo con la policía, y el otro asesinado por la espalda por Roque. Otro que también se va, o mejor dicho lo fue joven.

Por su lado el Papi, el más viejo de sus referentes, aunque pasaba de los treintaipoquitos y aunque preso, era el que mejor había sabido manejar su autoridad y poder. Desde la cárcel, todavía controlaba los hilos del barrio y tenía a gente de confianza al mando y rindiéndole cuentas. Ése era su modelo. Su inspiración. Antes de los veinticinco, Fulo quería ser como él.

La próxima parada es la suya. Se levanta y desde atrás anuncia con tiempo «Parada en la que viene, Chof,» empieza a caminar hacia delante, buscando que coincidan su llegada a la puerta con la del bus a la caseta. Pero el conductor, o sea yo, no se detiene, sigue de largo. Fulo se enoja y profiere inútiles maldiciones al busero que continúa manejando impávido, con los ojos puestos en el camino que se ha vuelto densamente oscuro. Entonces vuelven los ladridos y en medio del vocifero de los canes no sabe cuántas detonaciones de pistolas y el silbido de balas que impactan en su espalda. Sólo es en ese momento cuando le permito ver su cuerpo muerto, y remuerto por miembros de “Los Duros” que sí llegaron a escuchar los disparos y los gritos de mujer que salían del cuarto de Roque. Lo vieron salir, lo siguieron y le repitieron la medicina hasta vaciar sus armas sobre él.

 

Su cuerpo quedó allí tirado, hecho una coladera, pero su espíritu huyó para subirse a mi bus, que puntualmente lo recogió, y donde ahora sí se digna a ver al resto de los pasajeros: Dandy, Fulo, Roque y muchos otros pandilleros, conocidos y extraños, cada uno con las heridas que le dieron muerte sobre sus cuerpos. Hasta el admirado Papi, con una daga improvisada con una lámina de acero oxidado enterrada en su abdomen por algún otro reo. El mismo, por si las dudas, se toca la espalda y las manos vuelven endulzadas y calientes con su sangre.

Hago que las ventanas se cierren solas, por si acaso, desprendiendo al deslizarse rápido por los rieles de sus marcos un sonido como de disparos de metralletas. Es una sutil manera de recordarles cómo llegaron aquí.

El ambiente se vuelve denso, como la oscuridad de afuera, y el ambiente se torna caluroso asfixiante. En el aire empieza a flotar la podredumbre de los cuerpos. Los pasajeros con más tiempo a bordo se despellejan ante sus ojos, se transfiguran. En su corazón aumenta el miedo y a su conciencia llega un poco tarde el arrepentimiento. Él quería el mismo destino de sus compañeros y lo obtuvo. Yo lo llevo. El viaje es muy largo.


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363087
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América