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Partos, montes y ratones

Oí a muchos despotricar, manoteando con aspavientos, infundiendo temor en la ciudadanía. Avisando aviesamente de la llegada del cuco. Vi muchos choques, pero después de evaluar cuidadosamente los hechos en cada uno, no creo que ninguno haya sido causado por el etanol...


Mónica Miguel Franco (Antropóloga, actriz y escritora) / PANAMA AMERICA

Porque para mí todo en la vida es literatura, siempre encuentro en una u otra voz aquello que mi mediocre pluma no es capaz de expresar, en esta ocasión Félix de Samaniego es el que me presta su perspicacia para explicar mi sensación en las últimas semanas.

“Con varios ademanes horrorosos

Los montes de parir dieron señales;

Consintieron los hombres temerosos

Ver nacer los abortos más fatales”.

Oí a muchos despotricar, manoteando con aspavientos, infundiendo temor en la ciudadanía. Avisando aviesamente en las redes sociales de la llegada del terrible cuco. Voces desde las páginas impresas, pintando con tenebrosos colores un tétrico paisaje.

Salí de mi casa con temor y curiosidad malsana, esperando encontrarme un espectáculo dantesco de carros varados en las esquinas, accidentes terribles ocasionados por motores que se paran de repente sin previo aviso. Máquinas que explotan atenazando entre hierros retorcidos a inocentes que, sin imaginar su triste hado, se acercaron a las bombas de gasolina y cargaron su tanque. Como yo.

Aguanté hasta que la agujita del indicador de combustible ya no podía descender más y me estaba pidiendo machín por señas. El pobre carro mío anduvo seco cual gorgojo con la luz roja prendida ya incandescente.

Apagué el aire y anduve con las ventanas bajadas para economizar. Pero hube de rendirme a la evidencia. Encaminé mi chunchito hacia la bomba como si lo llevara al patíbulo. Iba yo pidiéndole perdón por no haber previsto esto y haber almacenado unos cuantos galones. Lo iba tranquilizando, ya verás como no es tan grave, (no se rían, yo le hablo a mi coche, últimamente paso más tiempo con él que con mis plantas, así que es lógico que mis charlas se las lleve él, ¿no?) Yo cuidaré de ti, le decía. Ya verás que no pasa nada. Y allí le llené el tanque. Arrancar fue casi un acto de fe. Cada sonido que emitía el motor era cuidadosamente evaluado e interpretado por mi (experta mecánica…juas).

¿Saben qué? Que no pasó nada. Nada de nada. Mi chunchi se comportó como el campeón que es. Y feliz porque tenía el tanque lleno se deslizó entre los tranques sin problemas.

Lo cierto es que vi muchos choques, pero después de evaluar cuidadosamente los hechos en cada uno, no creo que ninguno haya sido causado por el etanol, más bien me parece que la mayor parte de los conductores iban ensotados en la pantalla de sus aparatos móviles. O mirando la luna de Valencia. O en Bosnia. O discutiendo con su novia, o metiéndole un cuento al jefe para ver si colaba su llegada tarde, cuando el de delante frenó de golpe, o el de al lado decidió cambiar de carril en ese momento.

“Después que con bramidos espantosos

Infundieron pavor a los mortales,

Estos montes, que al mundo estremecieron,

Un ratoncillo fue lo que parieron”.

Y ahora es cuando me pregunto, ¿para todo hay que hacer grandes algaradas? ¿Nada puede aceptarse? No digo yo que seamos como los burros con orejeras o que comulguemos con ruedas de molino. Si tienen algo que decir díganlo. Si tienen pruebas del daño, expóngalas.

Pero a veces, solo a veces, las cosas pueden ser más sencillas. ¿No? ¿De verdad es necesario preocupar a la ciudadanía día sí y día también? ¿Es necesario mantenernos a todos en un sin vivir?

¿Saben lo que le pasó a Pedrito en el encuentro que tuvo con el lobo? Pues eso, que tras haber gritado tantas veces ‘que viene el lobo’ en vano, a Pedrito no le creyó nadie cuando el lobo vino… y se lo comió.


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898062
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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