(Antropóloga, actriz y escritora)
Me preguntan a menudo por mi querencia a mi tierra a pesar de llevar tantos y tantos años fuera. Me preguntan y se preguntan la razón por la que, aun habiendo salido de ella hace más años de los que estuve en ella, sigo añorando su luz, el olor a río y la sombra de los robles. Si soy honesta, he de achacarle la culpa de mi leonesismo a mi padre. Él es el culpable. Sin duda. También tiene la culpa de que me sepa las canciones de Los Lobos y Los Perjúmenes, pero eso es tema para otro aullido. Estábamos hablando del sentido de permanencia y de pertenencia.
Fue él el que me llevó a los Ancares, al Valle del Silencio, a San Miguel de Escalada. Era él el que me enseñaba los rincones de León. Él me llevó al monasterio de Carracedo y al castro que aún se ve al lado de Cacabelos y el que me mostró los canales romanos que había en nuestras tierras. Él me hizo callejear por la antigua Astúrica Augusta para mostrarme la ergástula y los mosaicos. Con él paseé por la vieja Lancia, subí a buscar fósiles, recorrí la Ruta del Cares y conocí Santiago de Peñalba.
Es mi padre el que ha traspasado ese amor por una tierra que también es suya a sus nietos. Mis hijos han ido a la Herrería de Compludo y al Museo de la Fauna. Han conocido las Médulas y siguen descubriendo nuevas cosas cada vez que vienen de vacaciones. El patrimonio se traspasa a través de la sangre y el cariño. Y ha sido mi padre el que lo ha hecho.
Mis hijos son afortunados, porque tienen otro abuelo que les ha mostrado y les sigue mostrando, la otra parte de su patrimonio, recorren los llanos de Macaracas a caballo, arreando vacas. Pedasí es suyo por herencia y por derecho, sus playas, los montes y las quebradas. Isla Iguana los recibe. Las tonadas y los tamboritos en el patio de la casa hasta la madrugada los han arrullado. Saben a qué sabe el tasajo, el café con queso migado y el sancocho con gallina de patio. Les han contado la leyenda del Padre sin cabeza, han oído hablar de la Tulivieja y del Chivato. Mientras, su padre los lleva a Portobelo y conocen San Francisco de la Montaña.
El patrimonio de dos padres y de dos abuelos se cumple en ellos y ellos se apoderan de su herencia.
¿De qué sirve un padre si no enseña? ¿De qué sirve un padre si solo compra la última maquinita de moda? ¿De qué sirve un padre si no es capaz de ofrecerles a sus hijos y a los hijos de sus hijos su historia, su identidad y las bases para que ellos puedan crear su futuro? Ser padre no es solo proveer comida y techo. Ser padre no es solo asistir a las reuniones de padres de familia. Ser padre es mucho más. Es tener conciencia de lo que una persona necesita para ser feliz. Su identidad. Sus referencias culturales. Su historia.
Eso sólo se puede enseñar sintiéndolo. Ya he hablado aquí muchas veces de lo triste que me resulta el ver cómo los muchachos panameños ni conocen ni les importa lo que ocurre con su patrimonio. Pero no es extraña esa indiferencia si, cuando indagas un poco más, te cuentan que sus padres nunca los llevaron ni siquiera a Panamá Viejo. ¿Indiferencia? ¿Ignorancia? Sea lo que sea, esa carencia se nota: hay cosas que se aprenden mejor de la mano de un padre.