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Pedimos mucho

Cuando el paternalismo no era parte de la cultura de los pueblos y los subsidios apenas se veían en las relaciones entre padres e hijos y en


Cuando el paternalismo no era parte de la cultura de los pueblos y los subsidios apenas se veían en las relaciones entre padres e hijos y en los matrimonios, el mundo andaba de otra manera.

Cada cual salía a enfrentar la vida y a sobrevivir, con los recursos que encontraba a la mano y que generosamente proveía la naturaleza. Es decir, la gente dependía de ella misma y cuando la situación lo ameritaba se reunían en comunidad para alcanzar los propósitos que tenían en común.

Hoy, con todo el tiempo que ha pasado, los recursos existentes y las facilidades para obtenerlos, hay un porcentaje importante de gente que prefiere sentarse a esperar que le caiga el milagro, que le llegue el subsidio o que los políticos les traigan la solución.

Esta conducta -aunque parezca una rareza- se ve más en los centros urbanos de nuestro país, donde la gente tiene más posibilidades, pero menos ganas.

Un ciudadano que respondió esta semana a un tema planteado en el noticiero de la televisión local lo resumió a la perfección: “los capitalinos piden mucho”.

Su comentario es para reflexionar. Cuántas veces no vemos a gente de nuestros pueblos organizándose para llevar adelante un proyecto de interés general. Y no estamos hablando únicamente del Carnaval o de las fiestas patronales.

Allá la gente se organiza para recoger y botar los desechos si el camión demora en llegar o sencillamente no pasa. Nadie se queda cruzado de brazos si la comida está cara, sino que se ponen su motete al hombro y salen en busca del pan o cultivan sus alimentos así sea en un rincón del patio de sus casas. Se trata de autogestión, de resolver los problemas propios sin esperanzarse en lo que a uno le puedan dar.

Sí, de alguna manera el cibernauta tiene razón, ‘el capitalino pide mucho’ y depende mucho de otros. Le subsidian el bus, la luz, el metro, la comida y cuanta cosa nos podemos imaginar, pero se sigue quejando. Y no es que no tengamos el derecho a manifestar nuestra molestia ciudadana, pero tampoco se trata de que vivamos pensando que nos merecemos todo.

También debemos aprender a cuidar lo que es de todos, a respetar el derecho de quienes no tienen por qué sufrir nuestros pataleos de pedigüeños y dejar de un lado ese paternalismo pernicioso que es una ancla que nos impide movernos hacia el primer mundo que tanto añoramos.


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940079
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América