El primer libro de autor panameño que disfruté conscientemente fue “La Huella de mis pasos”, de Pedro Rivera. Después conseguí varios libros de Justo Arroyo: La Gayola, Dedos, Dejando atrás al hombre de Celofán y otros.
En el caso de Rivera, su obra me ayudó a completar mi reflexión histórica, mi rostro como panameño. Y para lograr ese efecto, no necesitó publicidad insistente, técnicas de ventas o emprendimientos de promoción. Por eso siempre me he preguntado: ¿qué pasaría si apoyamos los libros de por sí buenos, con buenos esfuerzos de mercadeo? Apuesto a que no sólo tendríamos una industria editorial sana sino personas con mente sana.
Lo que quiero decir es que sí hay señales que permiten saber qué literatura es buena. Las ventas no son un indicador confiable porque los compradores – qué duda cabe - pueden ser manipulados.
Hurga en tus recuerdos. Los libros que te encantaron y que comprabas en las escasas librerías que tenía nuestro país, seguramente gozaban de una buena red de distribución y del apoyo editorial necesario, pero, además, eran buenos porque te ayudaban a conocerte a ti mismo, grababan en tu mente personajes inolvidables, te despertaban emociones.