El mundo virtual se ha convertido en el espejo de nuestra realidad. En él hay quienes ven una panacea para dilucidar, tanto la excelencia humana como sus más execrables instintos. Y, en esto último, es donde está lo malo.
En ese mundo lo que impera es falta de control con disfraz de libertad, por lo que la condición síquica de cada uno y su capacidad de discernimiento suelen marcar la diferencia entre publicar algo prudente o poner al desnudo las carencias que padecemos.
Se ha vuelto común que se cuelguen filmaciones que ponen al descubierto trifulcas protagonizadas, mayoritariamente, por estudiantes y, lo más deleznable, es que casi siempre hay de por medio jóvenes damas que dirimen, no se sabe qué, jalándose por las greñas y arrastrando su humanidad por el suelo, mientras son contempladas por una masa que vitorea cada golpe y celebra cada revolcada al tiempo que inmoralizan las escenas en sus dispositivos telefónicos.
Al denigrante espectáculo se suma la exposición que le dan los medios que, por un lado, condenan hipócritamente el hecho, pero por otro lo reproducen una y otra vez como aliciente para quienes se apuran a subirlos a la web cada vez que hay oportunidad.
Las riñas estudiantiles no son de nuevo cuño. La novedad radica en que antes eran protagonizadas en casi su totalidad por varones y, eventualmente, aparecía un adulto o algún estudiante sensato para apaciguar los ánimos o, en el mejor de los casos, impedir que la sangre llegara al río.
Ahora, hay una suerte de celebración colectiva. Batirse en un duelo en los predios del colegio o dentro de los salones de clase, es una conducta casi permanente y sin distingos de sexo ni capacidad intelectual.
Todo lo que hemos descrito hasta ahora tiene que ver con elementos exógenos, pero la clave del problema tiene su origen en la formación y la autoestima que se van estimulando en el entorno familiar.
No se trata de criar chiquillos que no sepan defenderse y que no distingan el peligro cuando les sopla en la nuca, sino de dotarlos de la madurez y la entereza suficientes para saber cuándo se están defendiendo contra un abuso o amenaza real y cuándo están siendo carneros que sirven de alimento al morbo de propios y extraños.