Me rechazaron como solista del coro de la iglesia. Lo peor fue que escogieron a Alina. Eso dañó nuestra amistad. Por años hemos vivido en la misma calle, compartido maestras, paseos y juegos, para llegar a este punto. ¡Ni que ser solista del coro sea tan importante! La amistad quedó estropeada. Hecha caliche de un desierto. Quizás el deterioro se inició hace bastante tiempo y no quisimos aceptarlo. La competencia venía de mucho antes; recuerdo que cuando nos graduamos de primaria ella ocupó el primer puesto y yo luché por obtener el primero en el noveno de secundaria.
De niñas aseguramos que celebraríamos juntas nuestros quince años, pero no ocurrió así. Mis padres me pagaron un viaje a Europa y Alina se fue a un crucero por el Caribe. De vuelta al colegio nos interrumpíamos para contar los sucesos del paseo de cada una. Luego nuestras amigas le achacaban a ella la visita a Venecia y a mí, bañarme en las playas de Puerto Rico. Miradas llenas de veneno nos lanzamos tantas veces, pero insistíamos en decir que éramos las mejores amigas del mundo. ¡Falsas y mentirosas! Eso fuimos, porque pasado un tiempo ni nos llamábamos por teléfono.
Ir al mismo templo era inevitable; nuestras familias compartían iguales creencias. La señora Mercedes, persona muy dedicada a las actividades de la parroquia, decidió crear el coro de la iglesia. Efectuó entrevistas y escuchó voces. Las sopranos por aquí, los barítonos por allá. Increíble: después de tanto acomodo y ordenamiento vocal, quedamos una junto a la otra y nuestra relación se renovó.
Llegaba la Navidad y se presentó la oportunidad de un recital. Practicábamos todas las semanas. El cura daba muestras de apoyo y de atención. “El padre es tan buena gente”…, comentábamos las dos. Entonces, escogieron a una solista para ciertos villancicos. Se destacaría sobre los otros miembros del coro. Y esa fue… ¡Alina! Y estoy segura de que el cura influyó en eso.
Por eso, durante la fiesta del cumpleaños de la mamá de Alina, cuando Luis Enrique, aprovechando un momento de soledad en lo más apartado del jardín, me rodeó con sus brazos, lo dejé hacer. Sentí su pecho sobre el mío y su excitación. Me quedé quieta, pero ladeé el rostro impidiendo que me besara. Él me dijo:
— ¿Todavía estás molesta por el escogimiento de Alina?
— ¡No! — Fue mi respuesta, pero el corazón me latía aprisa.
Sus labios se acercaron mucho más y nuestras respiraciones se tornaron armónicas. Entonces rozando con mis labios su piel, le dije al oído:
—Permitiré que me beses, si le dices a tu tía Mercedes que Alina y el cura se abrazan en la sacristía.
Aflojó el abrazo, se separó un poco de mí, y me miró como escudriñando no sé qué en mis ojos.
— ¿Acaso los has visto?— me preguntó con marcada preocupación en el rostro.
Guardé prudente silencio y me dediqué a besarlo y acariciar con mi lengua su cuello, hasta que volvió a ceñirme y a respirar agitado. Pasado un rato le dije:
— ¿Crees que te mentiría en algo tan sagrado?
Después de esa noche, en el concierto no hubo solista y aún esperamos al nuevo párroco.