Los mentirosos ya no solo corren el riesgo de que se descubran sus secretos; jugárselas para burlarse de los demás y ganar unos reales extras también puede llevarlos al banquillo de los acusados.
Esa es una de las tantas lecciones que nos deja el reciente culebrón que tiene como protagonista al ciclista estadounidense Lance Armstrong.
Esta semana, al menos dos de sus seguidores que habían adquirido sus libros, decidieron rociar con más gasolina al ya incendiado destino del otrora rey del ciclismo, al presentar una demandal, motivados por la premisa de que sus libros “It's not about the bike” y “Every second counts” están “llenos de publicidad falsa, fraude, engaño y tergiversación”.
Uno de los argumentos sobre el cual se sustentará la demanda, según reportan los medios, es el hecho de que estos libros fueron publicitados y vendidos como basados en la realidad (no ficción), lo cual se desvirtuó luego de que Armstrong decidiera sacar su lengua a pasear en el terreno de Oprah y ante la mirada de millones de personas.
Según los demandantes, la confesión pública de Lance basta para que se configure el engaño y se le haga una reclamación económica a él y a sus editores.
Tomamos este caso como hilo conductor para llegar al punto de que cuando se es figura pública y se producen contenidos literarios, periodísticos, cinematográficos u otros, para que sean distribuidos masivamente, hay que pensar en las consecuencias si no se actúa con apego a la verdad.
Como cualquier pillo de mala muerte, Lance Armstrong pensó que se fugaría, que saldría limpio de esa aventura y que nunca lo descubrirían. Tanto así, que después de haberse retirado decidió volver para seguir desafiando a todo el mundo y, finalmente, lo atraparon.
Ahora su vida se parece mucho más al ciclismo. Él anda en plan de fuga, mientras que un pelotón de gente sale en su persecución con el propósito de que no se salga otra vez con la suya. Ahora le tocará subir otras pendientes, seguramente sin la ayuda extra que le daba el “coctel” que consumía para obtener ventaja sobre sus competidores, y esta carrera la va a perder, porque está bien comprobado que la mentira tiene patas cortas y la verdad, tarde o temprano, siempre la alcanza.